'El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes'


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lunes, 28 de mayo de 2012

Riazor vuelve a sonreír

Difíciles de abrazar, por no decir prácticamente imposibles, los finales felices parecen ser esos eternos fugitivos con los que nos cruzamos en algún que otro momento en nuestras vidas, aunque nos empeñemos una y otra vez en perseguirlos sin descanso hasta intentar alcanzarlos. De hecho, incluso en algunas ocasiones, cuando creemos haberlos atrapado, se escapan de nuestras manos. Por mucho que cerremos los puños, por mucho que pretendamos impedir su salida. Aún así, y aunque cueste encontrarlos, los finales felices existen. Quizás sean pocos, pero suficientes, y hallar uno de ellos es siempre un motivo para sonreír.

Ayer Riazor volvió a creer en ellos. Y los corazones de miles de aficionados deportivistas se encogieron de nuevo, aunque esta vez no lo hicieron para después, sino para reír. 372 días después, el Depor convertía en realidad una promesa que nació de una de las noches más tristes que el equipo blanquiazul ha tenido que digerir en los últimos tiempos. Las lágrimas derramadas tras aquel descenso que tanto dolió se transformaron en el empujón del que se han valido los hombres de José Luis Oltra para volver a la categoría de oro del fútbol español, como si el infierno de Segunda sólo hubiera sido un pequeño paseo que les regalaba una oportunidad única de renacer de sus propias cenizas, de resarcir los errores del pasado. 

'Lo que no mata, te hace más fuerte'. Eso dicen. Y el Depor no murió. Puede que tras la dramática jornada del pasado curso agonizara, pero no bajó los brazos en ningún momento. Hubiera sido mucho más fácil dejarse llevar y esperar a que la suerte se pusiera de su lado y conseguir así, quizás, que la propia inercia les condujera de nuevo a la categoría que abandonaron y que ahora han recuperado. Pero ese 'dejarse llevar' era más enemigo que amigo, y el equipo blanquiazul persiguió su propio final feliz a base de lucha y esfuerzo. 

No fue fácil. No fueron pocos los momentos en que se sufrió, en los que parecía que los fantasmas de antaño podrían tirar al traste todas las opciones del regreso más esperado. Hubo días en que todo iba bien, y muchos otros difíciles, en los que nada salió como debía. Diciembre fue, probablemente, el punto de inflexión. A partir de entonces, y tras encadenar 16 victorias en 18 partidos, los de Oltra quisieron dar un golpe sobre la mesa y hablar alto y claro: querían recuperar su lugar en Primera y lucharían por ello hasta el final. Y así lo hicieron.
Y jamás caminaron solos. No hubo silencios en Riazor. Ni reproches. El Depor consiguió su sueño de volver a estar entre los mejores del fútbol español, y lo hizo acompañado de una afición que esta temporada ha demostrado estar a la altura. De 10 el inagotable soporte que han concedido a unos jugadores que les han devuelto a cambio la sonrisa y la ilusión. Más que nunca, la afición deportivista se convirtió en el jugador número 12. Y aún cuando todo parecía complicarse más de la cuenta en las últimas semanas, nadie tiró la toalla y todos -jugadores, técnicos y aficionados- mantuvieron la esperanza hasta el último minuto. Sucedió en Tarragona ante el Nàstic (Xisco dio la victoria a su equipo en el 94') y también ayer ante el Huesca, al tener que remontar un partido que se le había puesto cuesta arriba tras el gol visitante y que hizo temblar a más de uno en su asiento o donde quiera que estuviera. 


La magia inmortal de Valerón. La confianza que concede Aranzubía. La versatilidad de Colotto. La innegable calidad de Guardado. Los goles de Riki y Lassad. Xisco disfrazado de héroe. El brillante trabajo de un Oltra que supo enderezar a un equipo golpeado por el infierno del descenso y resarcir cualquier herida abierta. El compromiso y el esfuerzo de ellos y otros muchos otros fueron los protagonistas en este capítulo de la historia del Depor quizás no tan grande como otros, pero que sí ha servido para renacer con más fuerza que nunca.



El Deportivo pareció hacer suyas esas palabras de 'permitido caer, obligatorio levantarse'. Y es que ayer Riazor se reencontró con la sonrisa.

Esta vez, sí hubo final feliz.






lunes, 7 de mayo de 2012

Nunca un 'adiós' fue tan un 'hasta siempre''.



Quien me conoce, sabe que odio las despedidas y, que a pesar de que no me gusta repetirla demasiado en voz alta, 'adiós' es una de las palabras más bonitas que existen para mí, pero también una de las más difíciles de decir. 

Puede parecer una paradoja, pero no lo es. Duele dejar atrás aquello que no quieres perder o que no quieres que se vaya, pero 'adiós' esconde y significa tanto... Por eso las despedidas que más cuestan afrontar son las que llegan cuando se ha sido muy feliz antes.


Por eso quizás a muchos se nos hizo un nudo en la garganta el pasado sábado mientras veíamos como Josep Guardiola se despedía de la que ha sido -y será siempre- su 'otra' casa. Reconozco que cuando anunció que el año que viene ya no sería él quien manejaría el timón del mejor Barça de la historia pensé que tampoco era para tanto y que este momento iba a llegar algún día. Al fin y al cabo, nada dura para siempre.


Pero yo, que tengo una habilidad especial para caer en el error una vez sí y otra también, volví a equivocarme. Creía que lo llevaba bien...hasta que llegó el Barça-Espanyol y todos los que estaban en el Camp Nou -y seguramente muchos otros en sus casas, independientemente del color de sus corazones- entonaron un adiós difícil. Esperado, sí, pero para el que quizás no estábamos preparados. 


Quizás por ello esa sensación de vacío. De silencio. De negar lo inevitable. De nada.

Recuerdo perfectamente el día que se hizo cargo del primer equipo. Y no lo he olvidado porque volví  a equivocarme, otra vez. Le dije a mi abuelo que Guardiola no duraría ni dos telediarios en el Barça, y que pronto todo el castillo se volvería a derrumbar. Y, sin embargo, 3 Ligas, 2 Champions League, 1 Copa del Rey, 3 Supercopas de España, 2 Supercopas de Europa y 2 Mundiales de clubs después, tuve que tragarme mis propias palabras. Y cuánto me alegro de haberlo hecho. 

La marcha de Pep es una mala noticia para el Barça, para sus seguidores, pero también para el fútbol, porque lo hizo más grande y le regaló un poquito de magia, haciendo las delicias de unos y otros allá donde quisiera que fuera. 

Y después de él, ¿qué? Nadie lo sabe, porque no es nada más que otra de esas preguntas que surgen a lo largo de nuestras vidas y que no tienen respuesta hasta que algo sucede. Si saldrá bien o saldrá mal, si le echará de menos o simplemente se le recordará por todo lo que hizo y consiguió...nada se sabrá hasta que nos crucemos de frente con la realidad, sea la que sea.

Guardiola se va, pero no somos pocos los que mantenemos la esperanza de que sólo sea por un rato y que en realidad sus palabras sobre el césped del Camp Nou el día de su despedida se puedan resumir en un 'hasta pronto'; un paréntesis que no se cierre, y una historia con puntos suspensivos en el que el final todavía no está escrito. 

Que sólo sea un 'adiós' tras el que se esconda un 'hasta siempre'.




domingo, 15 de abril de 2012

A veces un minuto destruye otros 92.

'A veces un minuto destruye 23 horas y 59 minutos'. Esto es lo que leí hace unos días, y hoy no he podido evitar acordarme de estas palabras cuando en el último suspiro, el Deportivo silenciaba Balaídos después de que uno de los hombres de José Luis Oltra pusiera el 2-3 final en el marcador de un gran derbi que ya arrastraba la etiqueta de 'Galicia calidade' y que no defraudó en absoluto.

En este caso, un minuto no destruyó 23 horas y 59 minutos, pero sí los 92 que duró la gran fiesta del fútbol gallego. A 1000 kilómetros, yo también he vivido el Celta - Depor, como si la distancia no fuera obstáculo alguno para sufrir con el gran partido que se han marcado unos y otros. Y es que el hecho de que los dos equipos gallegos manden al frente de la clasificación de la categoría de plata no es casualidad, y sobre el césped del templo vigués quisieron volver a demostrar que el año que viene quieren estar entre los mejores. En Primera. Sí. Ambos lo merecen. Y sería muy injusto que alguno de los dos se quedara a las puertas de ese cielo por el que llevan luchando a lo largo de todo este año. El Celta ya sabe lo que es quedarse con la miel en los labios -la temporada pasada cayó en los play-off de ascenso- y no quiere que se repita la misma historia de antaño, mientras que el Depor quiere cumplir con la promesa de volver cuanto antes que hizo instantes después de haber llorado por un descenso que dolió, y mucho, en Riazor, pero que también ha servido para curar viejas heridas y provocar que la afición blanquiazul y su equipo se vuelvan a abrazar como años atrás, a sabiendas que juntos son más fuertes.

Balaídos quería vestirse de gala para recibir al eterno rival, y lo consiguió. Inmejorable el aspecto que presentaban las gradas del estadio, ocupadas por aficionados de uno y otro equipo que no cesaron en su empeño por apoyar de forma incansable a Celta y Depor. Mentiría si dijera que no me hubiera gustado estar ahí, sobre todo en esos momentos previos al pitido inicial en que parece pararse el mundo y en los que los nervios y la ilusión se mezclan y se apoderan de ti.

Reconozco que no tenía muy claro qué iba a pasar en los minutos que estaban por venir. No sabía si los tres puntos se iban a quedar en casa, si iban a volar hasta Riazor o si los dos mejores equipos de Galicia iban a ser más amigos que nunca y repartírselos. Siempre hay un favorito, alguien que parte con ventaja, pero no. Esta vez, el futuro más inmediato estaba más que borroso. Aunque sí tenía una corazonada... la de que el partido que acababa de empezar nos iba a regalar grandes momentos. Y no fallé.

Empezó el Celta queriendo hacer lo de siempre, ser dueño y señor del balón, pero cuando apenas se habían consumido los dos primeros minutos de partido, Riki adelantó al Depor, dando el primer golpe sobre la mesa y reflejando que las intenciones de los coruñeses no se limitaban a un paseo por Vigo y sí a conseguir una victoria que les acercaría todavía más al ascenso directo soñado. Sin embargo, los hombres de Paco Herrera no bajaron los brazos y se hicieron con el control del encuentro. Parecía bailar el equipo celeste, que encerró al Deportivo en su propio campo y que insistió una y otra vez llevando mucho peligro a la portería custodiada por Aranzubía. Así fue el guión de una primera parte muy intensa, que sólo se vio empañada por la polémica generada entorno a la lesión del futbolista que había abierto el marcador, que acabó con el árbitro Miranda Torres negándose a parar el partido por estar Riki en el suelo y sin que Oltra le cambiara, y con una amarilla para el jugador deportivista.

La segunda mitad se inició siguiendo los parámetros de la segunda, aunque el Depor se mostró más fuerte en ataque. Prueba de ello fue el gol de Lassad en el 62, que ponía en ventaja a los herculinos y que pareció dejar sentenciado ya entonces el partido. ¿Quién iba a imaginar que los de Herrera se levantaría? Pero sí, lo hicieron, y devolvieron la esperanza a su afición, que a pesar de ir perdiendo, no calló y siguió animando a los suyos con el objetivo de que se mantuvieran vivos en la lucha que se estaba produciendo sobre el campo. Tras la salida de Valerón, el Deportivo vio cómo el Celta se lanzaba a por la remontada y cómo De Lucas acortaba diferencias a los cinco minutos del segundo tanto de los visitantes. Y cuando faltaban ocho minutos para el final, otra vez los de casa tiraban de épica y empataban gracias a Catalá un partido que el Depor había tenido en sus manos durante gran parte del mismo.

Y cuando todo parecía resuelto, cuando unos y otros ya se daban por contentos con el empate, apareció de la nada una falta que tras ser lanzada y posteriormente rechazada por Yoel, acabó en Borja, que remató con la cabeza y dejó el balón en el fondo de la red, poneindo el 2-3 definitivo en el marcador.

Y Balaídos calló. Y el Deportivo enloqueció. Habían ganado ese partido y estuvieron a punto de perderlo en los 90 minutos que duró para después volver a hacerse con él en el tiempo añadido, cuando las agujas del reloj a punto estaban de marcar ya el desenlace del derbi que durante tanto tiempo el fútbol había esperado.

Sí, esta vez, el Depor fue quién saboreó la victoria ante un gran rival que no mereció perder pero que lo hizo con la cabeza bien alta y luchando hasta el final.

Las luces se apagaron, y la fiesta del fútbol gallego se acabó.

Y en ese momento, sólo pude pensar en que quería que ese fuera el último Celta - Depor que tuviera que ver en Segunda.

sábado, 14 de abril de 2012

Balaídos nos invita a la gran fiesta del fútbol gallego

Galicia significa una pequeña gran parte de mí. Es mi cuna, y también ese trozo de cielo que todos nos empeñamos en buscar a lo largo de nuestra vida. Quizás por ello espero durante casi los 365 días del año que lleguen días como el de mañana.

Todo está preparado para la 'otra' gran fiesta del fútbol gallego. Y digo la otra porque Riazor y Balaídos se reparten el honor de acoger el partido que enfrenta a los dos mejores equipos de la tierra de las meigas.

Depor y Celta. Celta y Depor.

Quién ha tenido la oportunidad de vivirlo de cerca, sabe que no hay un derby como éste, donde nada está escrito, donde todo puede pasar. Y donde nunca falla la magia. Una lucha a muerte. Al todo o nada. Cuyo final se cierra en una sonrisa o en una lágrima. De esas historias de las que esperas demasiado y pocas veces defraudan, por no decir ninguna.

Mañana le toca el turno a Balaídos. Se llenará por primera vez en mucho tiempo. ¿Cuando fue la última vez que sucedió algo así? Casi nadie se acuerda en Vigo. Ni tan siquiera cuando el Celta se enfundó el traje de la Champions, todos los asientos del estadio tenían dueño. Y esto sólo es una muestra más de que el día de mañana no es un día cualquiera, sino especial. Y puede que un paso más en el camino que tanto Celta como Deportivo han construido esta temporada. Su destino final, Primera.

Su trayectoria hasta ahora, la de ambos, es irreprochable. Uno, al mando de José Luis Oltra, encabeza la carrera con un colchón suficiente que le hace soñar, todavía más, con su regreso a la categoría de oro del fútbol español un año después de haberle dicho adiós y cuando apenas faltan unas cuantas semanas para el final; el otro, con Paco Herrera al mando del timón, sigue el rastro de su eterno rival, mirando de reojo, eso sí, a un Valladolid que le pisa los talones.

Más no se puede pedir. Ambos equipos llegan en el mejor momento posible, habiendo demostrado a lo largo de todo este tiempo que la Liga de plata se les queda pequeña y que merecen algo más. Su fútbol refleja que este no es su lugar, y que el suyo, está entre los mejores.

Nadie sabe qué pasará mañana en Balaídos. Yo tampoco. Pero ojalá este sea el último derby gallego de Segunda.

sábado, 31 de marzo de 2012

El día en que Europa se enamoró (otra vez) del Athletic.

'Yo no me muero sin pisar San Mamés'. Estas son ocho palabras que no me abandonan nunca desde hace ya algún tiempo. Y tengo que darme prisa si quiero poner los pies en el templo del fútbol. El traslado es casi inminente, y mi deseo vive en una constante contrarreloj que no tiene freno.

Y aunque mis colores son otros bien distintos, para qué negarlo... El Athletic es uno de esos equipos que me han robado el corazón. Y si fuera sólo a mí... Pero no. Muy pocos pueden negarse a rendirse alguna vez que otra al conjunto que hoy funciona (y sueña también) bajo las órdenes de Marcelo Bielsa, considerado por mucho el 'maestro de los maestros'.

Y ese 'amor' que algunos sentimos por el equipo de Bilbao, más apasionado que fiel, ya no sólo sobrevive entre las cuatro paredes de nuestro país. Ahora también ha traspasado fronteras, y va más allá. Mucho más allá. Y todo por culpa de la garra de unos chicos que no se esconden nunca. Y que no se rinden ni tiran la toalla. Que por muy mal que vayan las cosas siempre son capaces de salir a flote con más fuerza, si cabe, que antes, y dejando a propios y a extraños con la boca abierta. Marca de la casa, 'made in Lezama'.

Europa se ha enamorado del Athletic. Y se enamora no una, ni dos veces. Quizás tampoco sean sólo tres. Una y otra vez, semana tras semana, el sueño que mantiene vivos a los de Bielsa en la Europa League es el sueño de todos a los que reservan parte de su vida al fútbol. De forma activa o pasiva, qué más da. Soñamos con ellos y sonreímos con cada victoria. Aplaudimos cada gol y agotamos las palabras para hablar de un equipo que nos ha regalado noches -aún siendo muchas, parecen pocas- mágicas a lo largo de la historia. Los 'otros', los demás, esperamos con ansia, ilusión y expectación el día en que nos toca enfrentarnos al Athletic, porque sabemos que sobre el césped veremos fútbol puro y duro, sin nada que lo estropee ni lo contamine. Sólo fútbol, del mejor. De calidad. Del que hace vibrar y sufrir hasta el último instante.




El jueves, el Athletic volvió a enamorar a Europa. Sí. Otra vez. Porque los chicos de Bielsa no tuvieron bastante con hacer leyenda al borrar del mapa a un grande como el Manchester United. Enfundados en el traje de 'matagigantes', los héroes del conjunto vasco hicieron suyo el 'Teatro de los sueños', un Old Trafford que fue testigo de lo imposible, y de unos de los mejores partidos que he visto en los últimos tiempos. Y la vuelta en San Mamés, sólo fue un paso más, entre tantos pasos que han llevado al Athletic a estar donde está.

El escenario que silenció el pasado jueves, sin embargo, fue otro. El Veltins Arena. La casa del Schalke 04 de Raúl. No fue fácil. Las cosas empezaron mal. El partido era un ir y venir de unos y otros, un encuentro loco y apoteósico en el que todo puede pasar, y en el que si pestañeas, te lo pierdes. Y perdérselo hubiera sido un error (casi) imperdonable.

Enfrente, Raúl. Uno que no se cansa nunca de hacer lo que mejor sabe. Cuyas botas parecen impregnadas eternamente de un fútbol que no se agota ni se diluye, y que permanece intacto a pesar del paso del tiempo. Él solito puso entre las cuerdas a los de Bielsa, antes de que llegara el descanso y de que cambiara todo el guión de la historia del partido. Fernando Llorente volvió a demostrar que es uno de los firmes candidatos a ocupar una de las plazas destinadas a los delanteros en la Selección Española en la Eurocopa 2012. Su estado de forma es a día de hoy irreprochable e inconmensurable. Todo lo que toca, o casi, muere en el fondo de la red. Y De Marcos y Muniain, los encargados de firmar los dos últimos tantos del 2-4 ante el Schalke-, sin palabras... El futuro está en sus manos, y pronto, si es que no lo son ya, pasarán a formar parte del grupo de los 'grandes'. De los que todos recuerdan su nombre y de los que nadie puede hablar mal de ellos. Su hambre puede con todo.

Y así es como el Athletic acaricia las semifinales de la Europa League. Sembrando sueños e ilusiones por doquier. A un paso de otra final que se sumaría a la de la Copa del Rey y que haría de la temporada de los de San Mamés un año de 10. Aunque ya lo es ahora.

Esta noche se enfrentan al Barça de Guardiola. Dicen que llegan cansados, porque apenas han tenido 47 horas de 'resaca', pero si de algo estoy segura es que este Athletic nunca muere. Y tampoco lo hará hoy. Puede perder, pero no hay duda de que el espectáculo, su show, está más que a salvo.

¡Que viva el fútbol!

jueves, 26 de enero de 2012

Soñando con el cielo.

Hay sueños de todo tipo. Están los buenos que nos hacen las noches más dulces, los felices que nos arrancan una sonrisa aún con los ojos cerrados, los tristes que nos obligan a llorar, las pesadillas que nos atormentan y nos recuerdan nuestros miedos más profundos y a veces escondidos en un rincón, los imposibles que en ocasiones frenan nuestros corazones, los surrealistas más típicos de una película que de la vida real... Hay donde elegir. Pero también hay los que están al alcance de aquel que se acuesta cada noche con la esperanza de que al despertar las cosas vayan como siempre ha soñado. Los que a priori parecen tan irrealizables que incluso a veces nos hacen desistir, pero que un día inesperado -un día cualquiera, qué más da- abandonan el mundo de Morfeo y se hacen realidad.

Y es precisamente este último sueño el que está viviendo el Mirandés, un equipo que semana tras semana convive con la categoría de bronce del fútbol español, la Segunda B, y que seguramente nunca imaginó que un mes de enero escribiría una página en la historia del deporte rey de este país; que es probable que ni en el mejor de sus sueños -el de sus jugadores, el de su entrenador, el de sus aficionados- nunca antes hubiera tenido la oportunidad de ver cómo el pasado martes su campo, Anduva, se convertía en el centro del mundo del fútbol, con todos los ojos puestos sobre un conjunto que se ha convertido en la Cenicienta de la Copa del Rey más incansable en su empeño por tener un final feliz. Como en los cuentos, como en los sueños que tanto nos gusta tener a veces.

Quizás el nombre del Mirandés no estaba en las quinielas de los equipos que más lejos llegarían en el torneo copero, pero poco a poco, los hombres de Carlos Pouso se adueñaron de la etiqueta de 'matagigantes'. Villarreal, Racing y Espanyol han sido sus víctimas hasta ahora, cayendo en las garras de un equipo que tras comprobar que nada es imposible, tiene más hambre que nunca por plantarse en la final del Bernabéu en el mes de mayo. Se han enfrentado a todo: a eliminatorias que se pusieron muy difíciles, como contra los de Mauricio Pochettino que en cinco minutos para recordar lograron dar la vuelta al marcador en Cornellà-El Prat, dando un paso muy importante para clasificarse para las semifinales que después se tornó inútil en casa del Mirandés; a cargar con el peso de ser el equipo más pequeño y con menos presupuesto de los que quedan vivos en la Copa. A todo. Pero incluso con el viento en su contra, ahí está el Mirandés, haciendo grande el fútbol y recordándonos que no todo gira entorno a los de siempre. Que hay más vida más allá de Barça y Madrid. Que las grandes historias de este deporte no siempre son sobre las que más se habla.

Pero si algo agranda más todavía el camino que el Mirandés ha logrado construir en esta Copa del Rey es que es un equipo formado por chicos 'normales', de la calle. Lejos quedan los focos de las cámaras y las disputas publicitarias por los derechos de un jugador. Son personas que disfrutan de su pasión -el fútbol-, pero sin olvidar en ningún momento que eso no es suficiente para que ellos y sus familias 'sobrevivan' día a día. Sólo hace falta ver a Pablo Infante, un gran jugador que está demostrando que podría jugar en Primera sin ningún tipo de problema, renunciando a la celebración por el pase a semifinales porque sabe que para él al día siguiente no hay fiesta, sino que un despertador le hará levantarse de la cama muy pronto para ir a trabajar.

Y, sin embargo, lo que menos quieren ahora en el seno del Mirandés es que precisamente un despertador rompa su sueño. Son conscientes de que la final está cerca, pero también saben que con sólo la ilusión no bastará para dejar en el camino a un Athletic abonado a este torneo y cuyo campo, San Mamés, es un fortín. Pero si algo ha dejado claro el equipo que tiene enamorado a media España, es que se dejarán la piel si hace falta sobre el terreno de juego para seguir haciendo historia.

No es fácil, y a día de hoy el cielo y...un cielo un tanto más pequeño -imposible que haya infierno para los de Pouso aunque caigan ante los de Bielsa- están igual de cerca. El Mirandés no quiere despertar.

Quiere seguir soñando.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El miedo y el fútbol no son buenos amigos.

El miedo es inútil. Una trampa en la que es demasiado fácil caer. Un fantasma incómodo que torna lo posible en imposible. El peor de nuestros enemigos. Lo es en la vida... y en el fútbol. También ahí es difícil escapar a él.

En el Bernabéu, el Madrid fue una víctima más de ello, y comprobó que jugar con miedo es sinónimo de condena prácticamente inequívoca. Era el escenario perfecto, la situación idónea, el adversario anhelado ante el que dar un golpe sobre la mesa y demostrar entonces que el Barça puede ser destronado y que los de Mourinho son capaces de arrancarle la etiqueta de número uno a su eterno rival.

Y sin embargo... No. El Madrid no aprende. No sabe ganarle al Barça. Poco importa que hasta ahora hayas sido una máquina casi indestructible, que dejes en cada estadio que pisas un saco de goles o que se note que has dado un paso al frente con respecto a años anteriores. Qué más da. Ante los de Guardiola, los blancos volvieron a mostraron su peor cara. La más frágil. La misma historia de siempre. Y es que una vez más, el error del Madrid fue creer que tenía ganado el partido ya antes de que los noventa minutos echaran a andar. Eso, e ignorar dos lecciones que cualquier equipo debería no olvidar: nunca des por muerto a tu rival y no salgas a por el empate si no quieres hacer crecer las posibilidades de perder.

El Madrid lo hizo y volvió a ser un equipo pequeño ante el Barça. ¿Por qué? Por el miedo. Porque si no, no se entiende que un equipo al que le regalan un gol a los veintidós segundos de partido se encierre atrás y no se eche encima del rival para acabar de matarlo. O que cuando el contrario empata parezca que a tu equipo se le ha olvidado cómo se juega el fútbol y que vuelva a ser vulnerable. Y todo ello sin que los once que tienes delante jueguen su mejor partido, una circunstancia que aún te deja más en evidencia. Es difícil de creer, pero innegable que el gran problema del Madrid sigue siendo el Barça.

Un Barça que no hizo un partido perfecto, ni mucho menos. La defensa parecía estar en otro lugar. En cualquier otro, menos en el Bernabéu. Sólo Puyol dio la seguridad que se necesita en una cita del calibre de la de ayer. Durante los primeros quince minutos (quizás un poco más), el Madrid ahogó a los azulgrana, que perdieron demasiados balones, como hacía tiempo que no sucedía. Y ya se sabe que tantas interrupciones en el juego no son el mejor aliado de los de Guardiola.

Pero entonces, apareció él. Es vergonzoso que todavía haya personas que duden de quién es el mejor del mundo. Me parece increíble que aún muchos se pregunten si hemos visto o veremos a alguien como Leo Messi. 'El pequeño más grande'. Nunca unas palabras hicieron tanta justicia. Lo del argentino con el fútbol es algo indescriptible y difícil de imitar. Irrepetible. No marcó en el Bernabéu, pero de sus botas nació el primer gol. No hizo un partido de 10, pero si perdía un balón, no paraba hasta volver a recuperarlo, aunque tuviera que recorrerse todo el campo para hacerlo. Cuando el Madrid dejó huecos a Messi, el Barça respiró.

Y después Iniesta. Tal para cual. La media hora que se marcó el manchego antes de ser sustituido es digna de enmarcar. Fueron los mejores minutos del Barça, y los peores de los de Mourinho, que para entonces ya habían tirado la toalla, y a los que la desesperación y la resignación ya empezaba a apremiar. Iker Casillas, sin el que el Madrid no sería tan Madrid, era el reflejo de lo que sucedía: su equipo había devuelto las alas a un Barça al que si se le deja volar, vuela.

Al Bernabéu sólo le faltó aplaudir. Sin embargo, calló y se limitó a ser testigo de cómo el Barça bajaba un poco de la nube al equipo blanco, que creyó que los títulos se ganaban en diciembre. Los de Guardiola volvieron a ser un vendaval que arrasó con todo a su paso. Los pesos pesados del Madrid no fueron suficientes. Ni Mourinho -del que quiero reconocer para bien que ayer tuviera ciertos gestos que lo alejan del perfecto papel de malo malísimo que interpreta un día sí y otro también- con su once titular y sus cambios, ni Cristiano Ronaldo -dejémonos ya de absurdos debates Messi-CR9, el portugués en los partidos grandes desaparece y se vuelve irreconocible- pudieron hacer nada por frenar a un Barça imparable. Nadie.



El fútbol volvió a poner a cada uno en su lugar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Y el 'Submarino' se hundió.

No. No me cabe en la cabeza que esté escribiendo sobre el Villarreal.

No, no, no. Me equivoco. Lo que en realidad llevo mal y me cuesta aceptar es el hecho de que lo que voy a escribir gire entorno a la peor cara de un equipo que hasta ayer, como diría aquel, se codeaba con los grandes y se atrevía a tratarlos de tú a tú. Me parece casi imposible que vaya a hablar de la sombra de un 'Submarino' que hasta hace muy poco mantenía el rumbo hacia lo más alto. Durante los últimos años, era raro no ver el nombre del Villarreal entre los cuatro primeros; también no encontrarlo en esas noches de remontadas épicas, de luchas interminables... la magia de la Champions. Pasaba el tiempo, y los castellonenses parecían estar dispuestos a superarse día a día, a seguir escribiendo capítulos inolvidables en su historia.


Pero la felicidad es frágil, y nunca se sabe cuando puede llegar a romperse. Y los de Juan Carlos Garrido se han encontrado con la faceta más amarga de la vida. Esa vida que sucede como si de una noria se tratara: lo mejor siempre está arriba. Pero el Villarreal ha caído hasta el suelo, y sufre. Tanto, que ayer tuvo que hacer frente al duro trago de decir 'adiós' a la Champions al ser incapaz de resistir ese ciclón llamado Manchester City. Nada. Imposible. Se presentaba como una utopía...y lo fue. El Madrigal fue testigo de un Villarreal triste y apagado, que parecía ser consciente ya de que su final no iba a ser precisamente feliz.

Aunque perder ante The Citizens no es más que el reflejo de lo que está siendo el Villarreal esta temporada: un fantasma de lo que fue. No queda nada de ese equipo al que sus rivales temían. ¿Y quién es el culpable? No creo que haya una respuesta clara entorno a ello. Quizás lo que ocurre es que el Villarreal echa demasiado de menos al que hasta ahora había sido su motor. La pieza clave del puzzle. Por sus botas pasaba todo el fútbol del Villarreal.

Santiago Cazorla.

Su marcha al Málaga ha hecho mucho daño a los castellonenses. Mucho. Falta algo, alguien. Él. Y sin Cazorla, las cosas no funcionan. Y es entonces cuando vienen los tropiezos y los malos tiempos; la tormenta. Absurdo intentar evitar no tambalearse.

Tampoco ayuda que Joan Capdevila ya no esté (siempre he creído que en todos los vestuarios tendría que haber un jugador como él), o la circunstancia de que parece que alguien le ha echado un mal de ojo al Villarreal. Sólo le faltaba a Garrido tener que soportar el via crucis de las lesiones. Cani, Zapata, Nilmar...Giuseppe Rossi. Diagnóstico: rotura del ligamento cruzado de la rodilla derecha. Resultado: seis meses lejos de los terrenos de juego. Cuando algo va mal, siempre puede ir a peor. El italiano se convirtió en la estrella indiscutible del Villarreal la temporada pasada, y sus goles permitieron que el equipo se colara de nuevo entre los grandes. Y aunque este curso tampoco había empezado bien para él, era una garantía tenerlo sobre el césped. Pero hasta en este aspecto, la suerte fue esquiva con el Villarreal.

¿Y ahora qué? Ahora...nada. El 'Submarino' se muestra débil y susceptible, no se sabe si tocará fondo o si conseguirá coger aire. Pero las cosas no pintan bien, sobre todo teniendo en cuenta que las dudas empiezan a sobrevolar la cabeza del capitán del buque-Juan Carlos Garrido- y que el casco puede resquebrajarse en cualquier momento. No hay que engañarse. Ya se sabe lo que mal empieza... quizás mejor no acabar la frase.

Quizás dentro de un tiempo, cuando las cosas se hayan calmado, escriba de nuevo sobre el Villarreal, con la esperanza de que mis próximas palabras sobre el equipo castellonense tengan otro matiz. Más alegre. Más optimista. En definitiva, mejor.

lunes, 24 de octubre de 2011

Levante, un invitado sorpresa en una Liga de dos

El fútbol es tan grande que a veces nos convierte en testigos de cosas que a priori podrían parecer prácticamente imposibles. Y si no, tan sólo hace falta echar un vistazo al lugar más alto de la clasificación de la liga española para comprobarlo. Y no, el hecho de que los nombres de Real Madrid o Barça no aparezcan en primera posición no es ningún error; tampoco fruto de la casualidad.

Dicha circunstancia es, única y exclusivamente, mérito de un Levante que se ha erguido como el equipo revelación de la presente temporada. ¿O acaso alguien imaginaba que los granotas serían líderes a estas alturas? Yo, al menos, no.

De hecho, y sucede una y otra vez cuando el curso futbolísticamente hablando da sus primeros pasos, tengo la manía de hacer mis 'quinielas' de lo que sucederá: quién será el campeón, quién podrá colgarse la etiqueta de 'equipo Champions', quién tendrá un hueco en la Europa League... Pero, sin duda, la que más juego da es la del descenso, porque suele ser la lucha más temida, más reñida y, quizás, la más capaz de todas de abrazar el factor sorpresa. Y mis candidatos este año para caer en el pozo de Segunda eran Granada, Zaragoza...y Levante. Mantengo mi apuesta por los andaluces, su fútbol hasta ahora no ofrecen motivos más que suficientes para creer que pueden salvarse. Y el mismo guión lo traslado a los pupilos de Javier Aguirre, que ya llevan algunos años jugando con fuego y que si continúan mostrándose tan débiles y no da signos de reacción pronto pueden acabar pagando los platos rotos al final.

Sin embargo, con el Levante me equivoqué. Lo reconozco. Nunca he sentido una especial simpatía hacia el equipo levantino -no tengo nada en su contra, pero tampoco me atrae-, pero ahora no me queda otra que tragarme mis propias palabras, quitarme el sombrero y aplaudir. Chapeau.

Seis victorias, dos empates y ninguna derrota son los resultados que han llevado a los de Juan Ignacio Martínez a lo alto de la tabla, sin olvidar que se ha convertido en un 'matagigantes' (Madrid o Villarreal, por ejemplo, y entre otros, han sido sus víctimas hasta el momento), a ser líderes indiscutibles de esta Liga que se antojaba -todo parecía indicar que sería así, y, es muy probable que acabe siéndolo- bipolar. Pero el equipo granota es el intruso en una guerra de dos, y ve a azulgranas y madridistas por el retrovisor. Un Levante que con el presupuesto más bajo de la categoría de oro del fútbol español está llevando a cabo una verdadera revolución, y que colecciona elogios desde todos los rincones.

Los veinte puntos que llevan cosechados y que sea el equipo menos goleado de toda la categoría hablan mucho de este Levante que, por sorpresa, y contra todo pronóstico, se ha convertido por ahora, en el árbitro inesperado de esta Liga de dos.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Y con la primavera, ¡llegó el fútbol!

El final se acerca, silencioso y poco a poco, como la mayoría de los puntos finales que marcan la 'muerte' de cada historia. Los días pasan y el tiempo se agota. Irremediablemente. Sin frenos. La victoria es algo demasiado dulce como para dejarla escapar ahora. De nada habrá servido todo lo demás -el pasado, el esfuerzo desempeñado- si no se llega a alcanzar. Aferrarse y creer en ella es la única vía posible para soñar con volver a ser protagonista de otra página -y no son pocas las que se llevan escritas- del mundo del fútbol.

Real Madrid y Barça no escapan a esa realidad. Son conscientes de que, en estos momentos, cualquier error puede condenar a pagar un precio demasiado alto que ninguno de los dos está dispuesto a asumir. Saben que ambos luchan por un cielo en el que sólo hay lugar para uno, y que este mes de abril va a marcar el destino de cada uno de ellos en esta temporada.

Abril. "No hay primavera sin invierno", dicen. Y esta primavera sabe a fútbol. A fútbol del bueno. Diciendo 'adiós' a un marzo que casi resulta insignificante y pequeño al lado de este abril, todo está preparado para que empiece la función. Mestalla y el Bernabéu serán los escenarios sobre los que Barça y Madrid nos regalarán el que, posiblemente, sea uno de los mayores espectáculos que hoy en día pueden contemplarse alrededor del mundo sobre el césped de un campo de fútbol.

Es difícil poner con palabras todo lo que me provocan los Barça-Madrid y viceversa. Es tal el cúmulo de sensaciones que puedo llegar a sentir, que acaban encontrándose unas con otras. Es esa piel de gallina que decide visitarme a medida que se acerca el momento de que comience el partido. Los nervios contenidos, y los sentimientos contrariados. La incertidumbre del qué pasará. La ilusión de una victoria. El miedo a la derrota. La indiferencia de un empate con sabor agridulce.

Empiezo a pensar que vivo demasiado intensamente todo esto. O eso...o que realmente siento un terrible apego por el fútbol. Terrible no porque sea malo, si no porque, como todo los amores, al principio siempre dan un poco de miedo. Pero es que, realmente, lo que tenemos ante nosotros en los próximos treinta días asusta. Es más, supone una inyección de adrenalina difícilmente evitable -siempre que te guste ver a veintidós hombres corriendo detrás de un balón, claro está. Y los de Mourinho y los de Guardiola son unos perfectos entendidos de cómo regalar momentos inolvidables en la historia del fútbol.

Muchos interrogantes que buscan encontrar una respuesta los días 16 y 20 de abril. El partido en el Bernabéu y la final de la Copa del Rey esperan impacientes a dos de los mejores equipos del mundo, a sabiendas de que pase lo que pase, y sea cual sea el resultado, uno encarará la recta final con la victoria moral que supone ganar al máximo rival, dejando al otro con la miel en los labios. Todo puede suceder, y son muchos los factores que pueden determinar si la balanza cae hacia un lugar o hacia el otro. Obviamente, aún faltan muchos días para definir las claves de los dos partidos, pero si hay algo indiscutible, es que este abril que empieza a dar sus primeros pasos dentro de veinticuatro horas representa el anhelo de muchos que esperábamos algo así después de tanto tiempo. De la misma manera que una caricia puede borrar cualquier rastro del pasado. El regalo que puede no dejar indiferente a nadie. Y es que, casi sin darme cuenta, me estoy imaginando cada uno de los días que vienen por delante. Las carreras por las calles para encontrar una televisión o un bar en el que todavía quede un hueco. Las prisas, la inquietud y el nerviosismo de la redacción. Los mensajes pre y post-partido entre amigos y 'rivales' (aunque sea sólo por un día). Las copas que celebran alegrías, y las copas que consuelan a los que deberán cargar con el peso de la derrota y de la desilusión.

"Como, duermo y respiro fútbol" reconocía Thierry Henry hace unos años. Y ahora, con el calendario del mes de abril entre mis manos, empiezo a hacer mías esas palabras. Y es que no consigo quitarme de la cabeza esta primavera que no pone límites a los sueños de cualquier persona a la que le guste el fútbol.

Lo reconozco. Tengo unas ganas infinitas de abril. De fútbol. De Barça. De Madrid. De nervios previos al partido. De las horas perdidas de un lado para otro, sin pensar en nada más que en los noventa minutos. De gritos de alegría...y de rabia. De sobresaltos inesperados. De instantes repletos de emoción e incertidumbre. De corazones encogidos. De sonrisas cómplices. O de lágrimas amargas.

De lo que sea.

Abril. Camina sin detenerte...
...o hazme esperar un poco más.

No importa. Sé que no me defraudarás.

sábado, 19 de marzo de 2011

Misma historia. Mismo guión. Mismo final.

Once años después, nada ha cambiado. "La vida sigue igual", como dice la canción. Una vez más, el Vicente Calderón fue testigo de otro tropiezo de 'su' Atlético ante el máximo rival, un Real Madrid que volvió a resolver un partido como sólo los blancos saben hacer. No importa que la afición 'enemiga' se aferre a palabras como "representáis a miles de corazones". Tampoco que el Calderón se llene hasta la bandera, siendo difícil encontrar un asiento vacío desde donde ver la que acaba siendo la misma historia de siempre. Y menos, que un 'Atleti, eres mi vida' construido con el cariño de miles de colchoneros ponga la piel de gallina al recibir a los de Quique Sánchez Flores. Qué más da que el 'Kun' Agüero se decida, demasiado tarde, a meter miedo a los de Mourinho en el minuto 86.

¿De verdad alguien creía que 'la fuerza rojiblanca' iba a ser capaz de frenar al Madrid? Quizás la respuesta es demasiado obvia...o no. Porque yo sí. Llegué a creer en ello firmemente el otro día mientras escribía un artículo para el diario sobre el derby madrileño. Aunque, quién sabe...quizás esa especie de fe ciega en el Atlético fue tan sólo producto del hecho de que a veces (muy importante remarcar el 'a veces') el equipo de El Manzanares consigue despertar en mí algo así como un cierto cariño que muchos quizás no entiendan y que, probablemente, no tenga el respaldo de ningún tipo de argumento. Sea como fuere, yo creía en una victoria del Atlético. Pero 'creía' es pasado, y como todo pasado también hay presente.

Y ahora, puedo asegurar que no creo en el 'otro' equipo de Madrid. No, no y no. Porque no puede ser que ante los de Mourinho los hombres del centro del campo del Atlético caminen sobre el césped como si fueran paseando por cualquier calle. Porque tampoco puede ser que la defensa se permita el lujo imperdonable de darle huecos a un rival tan sumamente peligroso como el Madrid, que en un abrir y cerrar de ojos puede perforar tu portería tantas veces como se le antoje. Porque tampoco puede ser que alguien cuyo nombre es Diego Forlán elija el día del derby para convertirse en prácticamente un fantasma sobre el terreno de juego. Como tampoco se puede llegar a perdonar tanto ante un rival de tal calibre como el conjunto blanco, pero que no es imabtible y al que no es imposible herir si impones buen fútbol.

Pero resulta que al Atlético, de vez en cuando, se le olvida qué es esto de jugar al fútbol y cómo se hace. Bien es cierto que el de hoy probablemente es uno de los derbys de los últimos años en los que más mereció, pero así no se le puede plantar cara al Real Madrid. Así, no.

Un Real Madrid que sigue a lo suyo. Que cuando firma sus peores minutos en un partido, ¡PAM! Gol. Y ya conocemos a los de Mourinho. Les cuesta arrancar, pero cuando arrancan...¡a ver quién es el que consigue echarles el freno! Porque los blancos nos han acostumbrado a eso: a hacernos creer que sufrirán, que tendrán que sudar lágrimas para ganar, a dar la sensación de que podría ser hoy el día del tropiezo...para después demostrar que los 'grandes' son grandes por algo. Y que la fuerza puede con la ilusión. Y que los NOMBRES pueden con los hombres.

Y eso que Cristiano Ronaldo estuvo desaparecido, que si llega a estar inspirado y sin sufrir todavía las consecuencias de su lesión...ahora podríamos estar hablando de un Vicente Calderón mucho más herido. Pero da igual que no esté el portugués. Para eso están Casillas...y Özil. El mejor portero del mundo volvió a estar providencial. Sus manos han sido la pieza clave en muchos partidos. Han dado muchos puntos. Y, sobre todo, han demostrado que Iker es, indudablemente,el mejor entre los suyos, y no sólo por sus valores futbolísticos, también por sus valores humanos. Pero lo dicho, Casillas fue la pesadilla del Atlético en el Vicente Calderón.

Capítulo a parte merece Mesut Özil. Un Özil que nos regala partido a partido lo mejor de sí, y lo mejor del fútbol. Un Özil que hasta el Mundial de Sudáfrica era prácticamente un desconocido y cuyo nombre ahora se escribe en letras de oro. Un Özil que, cuando juega, hace que muchos no podamos dejar de mirarle. Y que, a pesar de que en las grandes citas -como ante el Barça en el Camp Nou- tiende a hacerse pequeño, demuestra cada día que aún tiene mucho que ofrecer al mundo del fútbol, y que de sus botas pueden salir verdaderas obras de arte.

Y con jugadores como Casillas o Özil sobre el césped, el Real Madrid gana mucho. Y eso comporta a que no se le puede dar la mano, porque te arriesgas a que te coja el brazo entero. Así pasó. El Atlético lo intentó hasta el final, pero no pudo. De nada sirvieron los mensajes en el vestuario de los colchoneros. Ni los mosaicos del público de un Vicente Calderón que pretendía ser un infierno para los de Mourinho. Ni el aliento de la afición rojiblanca 'hasta morir'. Todo quedó en nada. Como nunca, como siempre.


Y sí. Misma historia. Mismo guión. Mismo final. Y es que como dice la misma canción de antes, "unos que ríen, otros lloran".

martes, 8 de marzo de 2011

Sólo uno podrá seguir soñando

Barça y Arsenal vuelven a enfundarse el papel de protagonistas indiscutibles en una de esas noches mágicas que nos regala cada año la Champions. El objetivo de unos y otros, hacerse con el billete que conduce a cuartos. Pero en el horizonte de ambos aguarda una ilusión mucho más profunda que la de pasar a la siguiente fase. Una ilusión que se traduce en un nombre, Wembley, y en una fecha, 28 de mayo de 2011. Pero tanto los de Guardiola como los de Wenger son conscientes de que hasta entonces, aún queda mucho camino por recorrer y, que el primer paso para llegar a la final anhelada, se decide esta noche en el Camp Nou.


Los gunners vuelven a Barcelona con el amargo recuerdo del día en que Messi decidió que ya era hora de dejar claro que estaba dispuesto a comerse el cielo si hacía falta para demostrar que el fútbol es su vida, y que su felicidad pasa por ello. Arsène Wenger, sus jugadores y todos los aficionados del Arsenal probablemente hayan querido olvidar aquel 6 de abril de 2010 sin conseguirlo. Probablemente hayan querido borrar la sonrisa impermeable del argentino en aquella noche en la que dejó de conformarse con los hat-trick y pasó a marcar cuatro goles que hicieron que el Barça se colara en una semifinal de Champions por la puerta grande. Sí, quizás aquella derrota todavía duele. Pero la de esta noche, es una historia distinta. Y el final no tiene por qué ser el de entonces.

Porque hoy, es el Barça el que tiene que demostrar que es tan grande que incluso puede cambiar el desenlace de los capítulos más difíciles. Que nada es imposible, y que nada está escrito hasta que aparece un punto y final. Demostrar que el 2-1 del Emirates sólo fue un accidente provocado por un huracán llamado Arsenal. Demostrar que lo sucedido en Londres puede ser sólo una anécdota que explicar en una historia en la que nada está decidido aún.

Pero saben que los noventa minutos que les separan de los cuartos de final no van a ser fáciles. Sobre todo, porque enfrente tienen a un equipo que, a pesar de fallar en las grandes ocasiones, es grande. Muy grande. Y que, por qué no, puede convertirse en su verdugo. Más aún cuando el Barça es la espina más jodida del Arsenal. Lo fue en la final de París en 2006. También el año pasado en cuartos. Ahí reside el principal peligro al que se enfrentan los de Guardiola: las ganas de venganza de los gunners. ¿Por qué no devolverles la jugada? ¿Por qué tendrían que ceder y allanar el camino del Barça hacia Wembley? ¿Por qué tener piedad y perdonarlos?

Esto es fútbol, señores. Aquí no hay concesiones ni favores. Hacerlo, sería la perfecta condena a perderlo todo. Por ello, los de Wenger han querido dejar claro que no vienen a Barcelona a pasear. Vienen a plantarle cara al mejor equipo del mundo (al menos, al que mejor juega al fútbol). A luchar hasta el final. Y que, si como años anteriores, deben morir en el intento, al menos que no se diga que lo dieron todo por evitarlo. Además, llegan con un as bajo la manda. ¿Su nombre? Robin Van Persie. Parecía que el holandés iba a perderse la fiesta del Camp Nou, pero no. Ha llegado a tiempo. Una amenaza más para un Barça que, a estas horas, está fuera de la Champions. Y que sin Piqué y Puyol en el centro de la zaga, deberá ser capaz de frenar a su rival para evitar sorpresas desagradables.


Pero el de esta noche también es el reencuentro de un viejo conocido con el equipo de su vida. Cesc Fàbregas vuelve al Camp Nou siendo capitán del rival, del conjunto que siendo un niño lo abrazó y le brindó la oportunidad de jugar al fútbol. Siendo capitán del equipo que le ha llevado a ser lo que es ahora. Entre la espada y la pared. Héroe o villano. Sí... difícil papel el que tiene Cesc esta noche.

Nadie puede saber qué pasará esta noche. Pero, a día de hoy, un Barça-Arsenal sólo puede ser sinónimo de fútbol. Fútbol con mayúsculas. Dos de los mejores equipos de Europa enfrentados en un pulso en el que sólo uno ganará. Saben que si logran superar esta piedra en el camino hacia la final, Wembley estará más cerca. Ninguno de los dos quiere morir todavía. Ambos quieren mantenerse en la lucha.

Pero sólo uno seguirá vivo. El otro, deberá decir adiós a la Champions consciente de que habrá caído ante un gran rival. Y es que, pase lo que pase, lo que sí es seguro es que nos espera una noche inolvidable, irrepetible y única. En la que la magia y el fútbol volverán a darse la mano. En la que no puede haber un perdedor si tenemos en cuenta que Barça y Arsenal son los que se enfrentan.

Sin embargo, en cuartos sólo hay lugar para uno.
Y el nombre del que podrá seguir soñando con Wembley se esconde en un escenario inigualable, y que el año pasado ya fue testigo privilegiado de una verdadera lección de fútbol. Si se repetirá la historia o cambiará el final sólo se podrá saber en el momento en que Massimo Busacca dé por terminado el partido. Hasta entonces, el sueño de Wembley sigue intacto para Barça y Arsenal.

Barça y Arsenal...
Inevitable pensar que el que caiga eliminado esta noche dejará 'huérfanos' a todos los que vivimos, disfrutamos y respiramos fútbol.




20.45 h. Camp Nou. Barça - Arsenal.
Bienvenidos al mundo del fútbol.
http://www.youtube.com/watch?v=YsOotRgIFwE&feature=related