'El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes'


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lunes, 7 de mayo de 2012

Nunca un 'adiós' fue tan un 'hasta siempre''.



Quien me conoce, sabe que odio las despedidas y, que a pesar de que no me gusta repetirla demasiado en voz alta, 'adiós' es una de las palabras más bonitas que existen para mí, pero también una de las más difíciles de decir. 

Puede parecer una paradoja, pero no lo es. Duele dejar atrás aquello que no quieres perder o que no quieres que se vaya, pero 'adiós' esconde y significa tanto... Por eso las despedidas que más cuestan afrontar son las que llegan cuando se ha sido muy feliz antes.


Por eso quizás a muchos se nos hizo un nudo en la garganta el pasado sábado mientras veíamos como Josep Guardiola se despedía de la que ha sido -y será siempre- su 'otra' casa. Reconozco que cuando anunció que el año que viene ya no sería él quien manejaría el timón del mejor Barça de la historia pensé que tampoco era para tanto y que este momento iba a llegar algún día. Al fin y al cabo, nada dura para siempre.


Pero yo, que tengo una habilidad especial para caer en el error una vez sí y otra también, volví a equivocarme. Creía que lo llevaba bien...hasta que llegó el Barça-Espanyol y todos los que estaban en el Camp Nou -y seguramente muchos otros en sus casas, independientemente del color de sus corazones- entonaron un adiós difícil. Esperado, sí, pero para el que quizás no estábamos preparados. 


Quizás por ello esa sensación de vacío. De silencio. De negar lo inevitable. De nada.

Recuerdo perfectamente el día que se hizo cargo del primer equipo. Y no lo he olvidado porque volví  a equivocarme, otra vez. Le dije a mi abuelo que Guardiola no duraría ni dos telediarios en el Barça, y que pronto todo el castillo se volvería a derrumbar. Y, sin embargo, 3 Ligas, 2 Champions League, 1 Copa del Rey, 3 Supercopas de España, 2 Supercopas de Europa y 2 Mundiales de clubs después, tuve que tragarme mis propias palabras. Y cuánto me alegro de haberlo hecho. 

La marcha de Pep es una mala noticia para el Barça, para sus seguidores, pero también para el fútbol, porque lo hizo más grande y le regaló un poquito de magia, haciendo las delicias de unos y otros allá donde quisiera que fuera. 

Y después de él, ¿qué? Nadie lo sabe, porque no es nada más que otra de esas preguntas que surgen a lo largo de nuestras vidas y que no tienen respuesta hasta que algo sucede. Si saldrá bien o saldrá mal, si le echará de menos o simplemente se le recordará por todo lo que hizo y consiguió...nada se sabrá hasta que nos crucemos de frente con la realidad, sea la que sea.

Guardiola se va, pero no somos pocos los que mantenemos la esperanza de que sólo sea por un rato y que en realidad sus palabras sobre el césped del Camp Nou el día de su despedida se puedan resumir en un 'hasta pronto'; un paréntesis que no se cierre, y una historia con puntos suspensivos en el que el final todavía no está escrito. 

Que sólo sea un 'adiós' tras el que se esconda un 'hasta siempre'.




lunes, 9 de enero de 2012

Leo nunca fue pequeño.

A veces necesitamos mirarnos en el espejo para darnos cuenta de quiénes somos. Para saber dónde estamos, de dónde venimos y a dónde queremos llegar. Sin embargo, algo tan sencillo como eso, como plantarse frente a un cristal que nos devuelve nuestro propio reflejo, no siempre debe ser fácil.

Y al decir esto pienso en él. En un chico de 24 años que un día cualquiera, qué más da, se encontró con que tenía el mundo a sus pies. Es probable que nunca imaginara que su ilusión por acariciar un sueño, que jamás le abandonó desde que un balón de fútbol se posó por vez primera en sus pies, le 'condenaría' a llevar con él, a donde quisiera que fuera, la etiqueta de 'el número uno del mundo'. Pienso en él, en un chico que hace apenas unas horas ha recibido en Zúrich su tercer Balón de Oro consecutivo. Y lo ha hecho con su inseparable sonrisa tímida.

Una sonrisa que recuerda a la de un niño. Porque Leo Messi sigue siendo eso, aquel pequeño que un día, ya desde las calles de su Rosario natal, juró su amor incondicional por el fútbol, llegando incluso a provocar que el propio mundo del deporte rey se enamorara poco después de él y de su magia.

El '10'. Tuve la suerte de conocerlo hace siete años, un 26 de noviembre en el que me desperté sin saber que pocas horas después me tropezaría, casi sin querer, por casualidad, con un por aquel entonces casi desconocido Leo Messi. Sin saber que el autógrafo que aquel día me llevé a casa -para mí fue un regalo de cumpleaños (al día siguiente cumplía quince), aunque con el tiempo aprendí que aquello era un pequeño tesoro que ganó con el tiempo un valor del que yo no fui consciente aquella mañana de otoño- llevaba la firma de alguien que iba a estar en boca de todos en los años que vinieron después. Sin saber que iba a ser el protagonista único e indiscutible de miles de portadas de diarios alrededor del mundo. Sin saber que todos los niños querrían ser como él. Sin saber que nadie, absolutamente nadie, se cansaría de verle jugar.

Sin saber que el chico de 17 años que ocupaba el lugar de copiloto de un coche rojo conducido por un tal Jorge que resultó ser su padre, iba a dejar a millones de personas boquiabiertas cada vez que disfrutaran de él, de sus asistencias y de sus goles sobre el césped de decenas de estadios de fútbol.

Sin saber que aquel al que acababa de abrazar instantes antes sería un firme (y digno) candidato a ser el mejor jugador de la historia del fútbol.





Messi nunca se olvida del cielo. Cuando marca un gol, repite el mismo gesto de siempre. El de siempre. Sonríe, baja la cabeza y tras unos segundos, mira hacia arriba, señalando con sus dedos quién sabe el qué. Como si buscase a alguien. Pero el destino de ese mensaje es un secreto a voces: lo hace para recordar a su abuela Celia, que se fue cuando él tenía apenas diez años. Era precisamente ella quien lo llevaba cogido de la mano a los entrenamientos cuando Leo daba sus primeros pasos en el mundo del fútbol. Quien insistía en que su nieto pequeño jugara aunque los demás fueran mayores que él. "Tocarla a Lionel, tocarla al chiquitín, él sí que mete goles", repetía Celia una y otra vez. Día tras día.

Su muerte fue un duro golpe para el de Rosario, y aún a día de hoy sigue siendo su recuerdo más triste. Quizás por eso está tan unido a los suyos. De hecho, era casualmente en casa de su abuela donde cada domingo, al juntarse toda la familia, Leo se divertía junto a sus hermanos y sus primos con el sueño que ha perseguido desde que muy pequeño: el fútbol. Quizás todo empezó en su cuarto cumpleaños, cuando al '10' azulgrana le regalaron su primer balón, uno de rombos rojos que pareció despertar su pasión. La misma con la que ahora cose el esférico a sus botas, siendo capaz incluso de hacer un fútbol a priori sencillo pero que roza lo inigualable. Quizás por esa razón, su primer entrenador, el señor Aparicio, quiso poner a prueba al pequeño de los Messi aunque éste fuera un año menor que sus compañeros de equipo. Años después, Aparicio reconocería que nunca había visto algo así. Algo como él.

"Leo nació sabiendo".

'La Pulguita' caminó hacia su sueño, gracias en parte al sacrificio de sus padres, que también supieron buscar una solución a la enfermedad que sufría Messi y que le impedía crecer con normalidad, y acabó por dejar atrás Rosario, el lugar donde había nacido. El lugar en el que aprendió a ser la persona que conocemos hoy. La humildad sigue siendo su principal seña de identidad, y ni llegar a lo más alto del fútbol ha hecho que sus pies se eleven lo más mínimo del suelo que pisa. Sigue siendo el niño tímido y callado con el que todos sus compañeros del colegio querían jugar.

Con 13 años, o sabía qué le depararía el futuro, y a pesar de arrastrar consigo una cierta sensación de incertidumbre pero sin miedo, Leo emprendió un viaje sin retorno a Barcelona. Cesc Fàbregas, con el que comparte vestuario en el Barça y con el que se crió futbolísticamente, fue testigo directo de los inicios del crack argentino: "Al principio, cuando llegó, creíamos que era mudo, pero después, gracias a la PlayStation, descubrimos que sabía hablar". Porque sí, Leo habla, pero a diferencia de otros, lo hace cada vez que juega al fútbol. Y nadie lo hace como él. Siempre al margen de escándalos y tanganas. Tampoco muy dado a las ruedas de prensa ni a regalar grandes titulares que se salgan del espectáculo que semana tras semana brinda a los aficionados del fútbol. Sólo hace falta echar la vista atrás y fijarse en el día en que el Barça celebró la cuarta Champions de su historia en el Camp Nou. "No tengo nada qué decir", dijo Messi. Él no tenía nada que decir. Precisamente él, culpable en parte de que aquella copa fuera el centro de atención de todas las miradas en el feudo azulgrana.

Pero ése es Leo. Único. Diferente. Especial.

De ello también se percató Carles Rexach, secretario técnico del Barça en el momento en que Messi aterrizó en Barcelona por primera vez. Su primer contrato fue firmado en una simple servilleta de bar. No importaba dónde ni cómo firmar. Rexach sabía que no podía dejar escapar al argentino. "Tenemos que ficharlo ya", dijo entonces.

Y siendo quien es, cualquier podría pensar que las cosas son fáciles. Pero no. No todo en la vida de Messi son victorias y momentos dulces. Su mayor espina es también uno de sus grandes amores. Su tierra. Esa por la que lloró cuando la abandonó con trece años, y por la que también derramó lágrimas el día en que debutó con la albiceleste. Tan importante era ese partido para él que cuando fue expulsado en el minuto uno en su primer partido con la camiseta de Argentina, nadie pudo consolarlo, prueba inequívoca de su propia autoexigencia que le obliga a querer jugar siempre. También en la final de París lloró. En 2006, ante el Arsenal, Messi no pudo participar por culpa de una lesión, y ese día, en medio de la euforia azulgrana tras la conquista de una Champions muy deseada por el Barça, para Leo no hubo celebraciones, ni tiempo tan siquiera para ir a buscar su medalla. Prefirió quedarse en el vestuario.

No siempre el viento es favorable, y eso bien lo sabe su entrenador, Pep Guardiola, quién regaló a 'La Pulga' el libro "Saber perder", que esconde un mensaje claro: hay que estar preparado y luchar por lo que se quiere siempre, a sabiendas de que no siempre el resultado estará de nuestro lado. Pero eso lo aprendió muy bien Leo Messi gracias a su abuela, quizás la gran culpable de que el '10' del Barça esté hoy donde está. Quizás es ella quién todavía le cuida desde el cielo. La que protege a su pequeño.

Un pequeño muy grande.



tuyo/mío. nuestro.

domingo, 11 de diciembre de 2011

El miedo y el fútbol no son buenos amigos.

El miedo es inútil. Una trampa en la que es demasiado fácil caer. Un fantasma incómodo que torna lo posible en imposible. El peor de nuestros enemigos. Lo es en la vida... y en el fútbol. También ahí es difícil escapar a él.

En el Bernabéu, el Madrid fue una víctima más de ello, y comprobó que jugar con miedo es sinónimo de condena prácticamente inequívoca. Era el escenario perfecto, la situación idónea, el adversario anhelado ante el que dar un golpe sobre la mesa y demostrar entonces que el Barça puede ser destronado y que los de Mourinho son capaces de arrancarle la etiqueta de número uno a su eterno rival.

Y sin embargo... No. El Madrid no aprende. No sabe ganarle al Barça. Poco importa que hasta ahora hayas sido una máquina casi indestructible, que dejes en cada estadio que pisas un saco de goles o que se note que has dado un paso al frente con respecto a años anteriores. Qué más da. Ante los de Guardiola, los blancos volvieron a mostraron su peor cara. La más frágil. La misma historia de siempre. Y es que una vez más, el error del Madrid fue creer que tenía ganado el partido ya antes de que los noventa minutos echaran a andar. Eso, e ignorar dos lecciones que cualquier equipo debería no olvidar: nunca des por muerto a tu rival y no salgas a por el empate si no quieres hacer crecer las posibilidades de perder.

El Madrid lo hizo y volvió a ser un equipo pequeño ante el Barça. ¿Por qué? Por el miedo. Porque si no, no se entiende que un equipo al que le regalan un gol a los veintidós segundos de partido se encierre atrás y no se eche encima del rival para acabar de matarlo. O que cuando el contrario empata parezca que a tu equipo se le ha olvidado cómo se juega el fútbol y que vuelva a ser vulnerable. Y todo ello sin que los once que tienes delante jueguen su mejor partido, una circunstancia que aún te deja más en evidencia. Es difícil de creer, pero innegable que el gran problema del Madrid sigue siendo el Barça.

Un Barça que no hizo un partido perfecto, ni mucho menos. La defensa parecía estar en otro lugar. En cualquier otro, menos en el Bernabéu. Sólo Puyol dio la seguridad que se necesita en una cita del calibre de la de ayer. Durante los primeros quince minutos (quizás un poco más), el Madrid ahogó a los azulgrana, que perdieron demasiados balones, como hacía tiempo que no sucedía. Y ya se sabe que tantas interrupciones en el juego no son el mejor aliado de los de Guardiola.

Pero entonces, apareció él. Es vergonzoso que todavía haya personas que duden de quién es el mejor del mundo. Me parece increíble que aún muchos se pregunten si hemos visto o veremos a alguien como Leo Messi. 'El pequeño más grande'. Nunca unas palabras hicieron tanta justicia. Lo del argentino con el fútbol es algo indescriptible y difícil de imitar. Irrepetible. No marcó en el Bernabéu, pero de sus botas nació el primer gol. No hizo un partido de 10, pero si perdía un balón, no paraba hasta volver a recuperarlo, aunque tuviera que recorrerse todo el campo para hacerlo. Cuando el Madrid dejó huecos a Messi, el Barça respiró.

Y después Iniesta. Tal para cual. La media hora que se marcó el manchego antes de ser sustituido es digna de enmarcar. Fueron los mejores minutos del Barça, y los peores de los de Mourinho, que para entonces ya habían tirado la toalla, y a los que la desesperación y la resignación ya empezaba a apremiar. Iker Casillas, sin el que el Madrid no sería tan Madrid, era el reflejo de lo que sucedía: su equipo había devuelto las alas a un Barça al que si se le deja volar, vuela.

Al Bernabéu sólo le faltó aplaudir. Sin embargo, calló y se limitó a ser testigo de cómo el Barça bajaba un poco de la nube al equipo blanco, que creyó que los títulos se ganaban en diciembre. Los de Guardiola volvieron a ser un vendaval que arrasó con todo a su paso. Los pesos pesados del Madrid no fueron suficientes. Ni Mourinho -del que quiero reconocer para bien que ayer tuviera ciertos gestos que lo alejan del perfecto papel de malo malísimo que interpreta un día sí y otro también- con su once titular y sus cambios, ni Cristiano Ronaldo -dejémonos ya de absurdos debates Messi-CR9, el portugués en los partidos grandes desaparece y se vuelve irreconocible- pudieron hacer nada por frenar a un Barça imparable. Nadie.



El fútbol volvió a poner a cada uno en su lugar.

viernes, 1 de abril de 2011

El riesgo que supone perder la cabeza

Los cimientos en Can Barça empiezan a temblar, y el riesgo de que todo comience a resquebrajarse poco a poco aumenta por momentos. Demasiado bonita pintaba la historia como para durar tanto. Y es que esta semana el Barça ha dejado de ser noticia por su fútbol para meterse en terrenos de los que es más difícil escapar y que, tarde o temprano, acaban por pasar factura.

De abrir la caja de los truenos se encargó un Sandro Rosell que para decir lo que dijo ya podría haber mantenido su particular ley del silencio. O eso, o que alguien le enseñara que, como máximo representante de una institución del calibre del F.C.Barcelona, no puede llegar y soltar tal barbaridad. Porque, señor Rosell, decir que el Barça le va a endosar un 5-0 en la final de la Copa del Rey a los que, junto con los suyos, forman uno de los mejores equipos del mundo, es una imprudencia y una temeridad que puede traer consecuencias de las que después uno se puede arrepentir. O, mejor dicho, Rosell debería aprender, además de los errores propios, de los de los demás. ¿O es que no recordamos qué le pasó al Real Madrid el día que un tal Vicente Boluda puso la palabra 'chorreo' en la primera línea de fuego del mundo del fútbol? ¿Alguien me puede decir que pasará si el día de la final de Mestalla el Barça tiene que salir por la puerta de atrás y mirando de reojo cómo otros recogen la Copa? Tocará volver a Barcelona escondido y con la cabeza gacha, algo más bien propio de los cobardes que de un equipo como el azulgrana.

Rosell también debería aprender que llevar sobre la espalda la etiqueta de 'grande' también conlleva ser humilde y tolerante. Quién acaricia y abraza las victorias y, sin embargo, no es capaz de mantener los pies sobre la tierra y no sobre la luna, acaba perdiendo. Porque siempre nos han dicho que hay que saber perder, pero también ganar. Y aunque en los últimos años en el Barça todo han sido primaveras y en el Madrid inviernos, no podemos perder la cabeza. Ni los que actuamos como meros y privilegiados espectadores, ni los que tienen voz y voto ahí dentro. Nadie. Y ese nadie incluye al presidente del Barça. ¡Claro que nos gusta ganar al Madrid! ¡Claro que, los que somos culés, disfrutamos con el 2-6 o el 5-0! Pero de ahí a perder los papeles y despreciar así a un rival que no necesita demasiados argumentos para explicar qué lugar ocupa en el fútbol español y mundial, no. No podemos pasar por ello.

Porque si alguien piensa, a falta de 19 días, que se va a volver a repetir la manita ante los de Mourinho... o estamos locos o somos gilipollas, hablando en plata. Después pasará una cosa u otra. Es lo que tiene el fútbol, que a veces se disfraza con las casualidades y las sorpresas más inesperadas. Pero palabras como ésas, no. Señor Rosell, no, no y no. Porque a muchos les pasará como a mí, que aún seguimos pensando cómo alguien ha podido decir algo así. No negaré que me sentí avergonzada, porque yo, las victorias, las quiero tanto dentro como fuera del terreno de juego. Y creo que el presidente del Barça, con sus palabras, ha caído muy bajo. Y lo que es peor aún: ha hecho que la entidad que preside se vea teñida de una polémica que no era necesaria y que no hace ningún bien. Sólo espero que el 20 de abril no se acaben pagando las consecuencias. Apliquémonos, por favor, un poco más lo de "con la boca cerrada no entran moscas".

Y si fuera este sólo el único capítulo que ha salpicado la actualidad del Barça esta semana... pero no. Lo dicho. Estos días el fútbol parece haber quedado en un segundo -injusto, desmerecido y equivocadamente relegado- plano en el conjunto azulgrana. Cuando los focos de atención deberían centrarse en el importante, trascendente y complicadísimo partido ante el Villarreal -los fallos acaban pagándose y tropezar ahora saldría demasiado caro- a la salida de tono de Rosell hay que añadirle la polémica entrevista de Josep Guardiola a la RAI italiana. "Estoy bien aquí, pero mi tiempo en el Barça se está acabando" fueron sus palabras y... ¡tachán! Se armó la gorda. No quiero entrar demasiado en este tema porque desconozco los entresijos de la historia, y no sé qué es verdad y qué es mentira, pero si la entrevista y las palabras son reales, mal por Guardiola y mal por el periodista y el medio de comunicación italianos.

Mal por Guardiola porque si uno dice 'no' a las entrevistas, es un 'no' válido para todos. En esto no se pueden hacer excepciones ni tratos de favor. Si el técnico azulgrana se guarda su derecho a no hablar ante los medios de comunicación, debe ser algo coherente con su posición y no romperla a las primeras de cambio. Porque, como entrenador del Barça, lo que piensa o cree, de la misma manera que todo lo bueno se le es reconocido merecidamente, es de interés general para todos. Para los de su equipo (incluyendo a todas las personas que tienen alguna relación, incluyendo, por supuesto, a los aficionados) y para los demás. Y mal por el periodista y la RAI porque, si finalmente se confirma que el medio ha traicionado a Guardiola, que confiaba en que sus palabras no salieran a la luz, la dignidad de una profesión como el periodismo, que ya está bastante enferma en los últimos tiempos como para agravar más aún su situación, acabará rozando niveles ínfimos (aunque, tristemente, ya estamos acostumbrados a que sucedan cosas así en los medios). Y es que, a veces, nos olvidamos de que los que nos hacemos llamar periodistas deberíamos luchar por devolver al periodismo muchos de los valores que han acabado perdiéndose por el camino. Reflexiones personales a parte, sólo hay errores, errores y errores por todas partes.


En definitiva, Rosell y Guardiola, queriendo o sin querer, han sido los protagonistas de esta semana. Y su interpretación en la función de la última semana de marzo no ha sido, precisamente, acertada. Es más, todas estas historias, que no hacen ningún bien al Barça, a su estatus y a su imagen, han eclipsado a lo verdaderamente importante: el fútbol. Alguien debería darse cuenta en Can Barça que hay un difícil partido ante el Villarreal mañana en El Madrigal, que el miércoles los azulgrana se juegan gran parte de su andadura en la Champions y que, en cuestión de días, hay dos fechas marcadas en rojo en el calendario de todos en las que el Madrid buscará resarcirse y vengar lo sucedido en el Camp Nou aquel 29 de noviembre. Y el mayor error que se podría cometer ahora es olvidar todo eso y seguir protagonizando capítulos como los de esta semana.

El riesgo que supone perder la cabeza en estos momentos es demasiado alto, y no creo que sea la mejor opción para un Barça que, consiguiendo lo que ha conseguido en los últimos años, también opta a todo esta temporada. Pero si empezamos con historias como estas, los objetivos pueden irse desvaneciendo por el camino. Basta una chispa para que todo arda en llamas. Y si no, echemos la vista atrás y comprobaremos que, en más de una ocasión, las realidades cambian a las primeras de cambio, siendo más vulnerables de lo que se podría pensar. Por eso hay que tener cuidado con cosas las sucedidas esta semana. No vaya a ser que después tengamos que arrepentirnos.

Ya se sabe que, a veces, los errores acaban sumiendo a uno en una espiral de la que no siempre es tan fácil huir. Y el Barça, si no quiere verse enfrascado en algo así, debe dejarse de tonterías, demostrar que la etiqueta de 'grande' no le queda pequeña y hacer lo que tiene que hacer, que es jugar al fútbol.

Si empezamos con tonterías, mal vamos.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Y con la primavera, ¡llegó el fútbol!

El final se acerca, silencioso y poco a poco, como la mayoría de los puntos finales que marcan la 'muerte' de cada historia. Los días pasan y el tiempo se agota. Irremediablemente. Sin frenos. La victoria es algo demasiado dulce como para dejarla escapar ahora. De nada habrá servido todo lo demás -el pasado, el esfuerzo desempeñado- si no se llega a alcanzar. Aferrarse y creer en ella es la única vía posible para soñar con volver a ser protagonista de otra página -y no son pocas las que se llevan escritas- del mundo del fútbol.

Real Madrid y Barça no escapan a esa realidad. Son conscientes de que, en estos momentos, cualquier error puede condenar a pagar un precio demasiado alto que ninguno de los dos está dispuesto a asumir. Saben que ambos luchan por un cielo en el que sólo hay lugar para uno, y que este mes de abril va a marcar el destino de cada uno de ellos en esta temporada.

Abril. "No hay primavera sin invierno", dicen. Y esta primavera sabe a fútbol. A fútbol del bueno. Diciendo 'adiós' a un marzo que casi resulta insignificante y pequeño al lado de este abril, todo está preparado para que empiece la función. Mestalla y el Bernabéu serán los escenarios sobre los que Barça y Madrid nos regalarán el que, posiblemente, sea uno de los mayores espectáculos que hoy en día pueden contemplarse alrededor del mundo sobre el césped de un campo de fútbol.

Es difícil poner con palabras todo lo que me provocan los Barça-Madrid y viceversa. Es tal el cúmulo de sensaciones que puedo llegar a sentir, que acaban encontrándose unas con otras. Es esa piel de gallina que decide visitarme a medida que se acerca el momento de que comience el partido. Los nervios contenidos, y los sentimientos contrariados. La incertidumbre del qué pasará. La ilusión de una victoria. El miedo a la derrota. La indiferencia de un empate con sabor agridulce.

Empiezo a pensar que vivo demasiado intensamente todo esto. O eso...o que realmente siento un terrible apego por el fútbol. Terrible no porque sea malo, si no porque, como todo los amores, al principio siempre dan un poco de miedo. Pero es que, realmente, lo que tenemos ante nosotros en los próximos treinta días asusta. Es más, supone una inyección de adrenalina difícilmente evitable -siempre que te guste ver a veintidós hombres corriendo detrás de un balón, claro está. Y los de Mourinho y los de Guardiola son unos perfectos entendidos de cómo regalar momentos inolvidables en la historia del fútbol.

Muchos interrogantes que buscan encontrar una respuesta los días 16 y 20 de abril. El partido en el Bernabéu y la final de la Copa del Rey esperan impacientes a dos de los mejores equipos del mundo, a sabiendas de que pase lo que pase, y sea cual sea el resultado, uno encarará la recta final con la victoria moral que supone ganar al máximo rival, dejando al otro con la miel en los labios. Todo puede suceder, y son muchos los factores que pueden determinar si la balanza cae hacia un lugar o hacia el otro. Obviamente, aún faltan muchos días para definir las claves de los dos partidos, pero si hay algo indiscutible, es que este abril que empieza a dar sus primeros pasos dentro de veinticuatro horas representa el anhelo de muchos que esperábamos algo así después de tanto tiempo. De la misma manera que una caricia puede borrar cualquier rastro del pasado. El regalo que puede no dejar indiferente a nadie. Y es que, casi sin darme cuenta, me estoy imaginando cada uno de los días que vienen por delante. Las carreras por las calles para encontrar una televisión o un bar en el que todavía quede un hueco. Las prisas, la inquietud y el nerviosismo de la redacción. Los mensajes pre y post-partido entre amigos y 'rivales' (aunque sea sólo por un día). Las copas que celebran alegrías, y las copas que consuelan a los que deberán cargar con el peso de la derrota y de la desilusión.

"Como, duermo y respiro fútbol" reconocía Thierry Henry hace unos años. Y ahora, con el calendario del mes de abril entre mis manos, empiezo a hacer mías esas palabras. Y es que no consigo quitarme de la cabeza esta primavera que no pone límites a los sueños de cualquier persona a la que le guste el fútbol.

Lo reconozco. Tengo unas ganas infinitas de abril. De fútbol. De Barça. De Madrid. De nervios previos al partido. De las horas perdidas de un lado para otro, sin pensar en nada más que en los noventa minutos. De gritos de alegría...y de rabia. De sobresaltos inesperados. De instantes repletos de emoción e incertidumbre. De corazones encogidos. De sonrisas cómplices. O de lágrimas amargas.

De lo que sea.

Abril. Camina sin detenerte...
...o hazme esperar un poco más.

No importa. Sé que no me defraudarás.

martes, 8 de marzo de 2011

Sólo uno podrá seguir soñando

Barça y Arsenal vuelven a enfundarse el papel de protagonistas indiscutibles en una de esas noches mágicas que nos regala cada año la Champions. El objetivo de unos y otros, hacerse con el billete que conduce a cuartos. Pero en el horizonte de ambos aguarda una ilusión mucho más profunda que la de pasar a la siguiente fase. Una ilusión que se traduce en un nombre, Wembley, y en una fecha, 28 de mayo de 2011. Pero tanto los de Guardiola como los de Wenger son conscientes de que hasta entonces, aún queda mucho camino por recorrer y, que el primer paso para llegar a la final anhelada, se decide esta noche en el Camp Nou.


Los gunners vuelven a Barcelona con el amargo recuerdo del día en que Messi decidió que ya era hora de dejar claro que estaba dispuesto a comerse el cielo si hacía falta para demostrar que el fútbol es su vida, y que su felicidad pasa por ello. Arsène Wenger, sus jugadores y todos los aficionados del Arsenal probablemente hayan querido olvidar aquel 6 de abril de 2010 sin conseguirlo. Probablemente hayan querido borrar la sonrisa impermeable del argentino en aquella noche en la que dejó de conformarse con los hat-trick y pasó a marcar cuatro goles que hicieron que el Barça se colara en una semifinal de Champions por la puerta grande. Sí, quizás aquella derrota todavía duele. Pero la de esta noche, es una historia distinta. Y el final no tiene por qué ser el de entonces.

Porque hoy, es el Barça el que tiene que demostrar que es tan grande que incluso puede cambiar el desenlace de los capítulos más difíciles. Que nada es imposible, y que nada está escrito hasta que aparece un punto y final. Demostrar que el 2-1 del Emirates sólo fue un accidente provocado por un huracán llamado Arsenal. Demostrar que lo sucedido en Londres puede ser sólo una anécdota que explicar en una historia en la que nada está decidido aún.

Pero saben que los noventa minutos que les separan de los cuartos de final no van a ser fáciles. Sobre todo, porque enfrente tienen a un equipo que, a pesar de fallar en las grandes ocasiones, es grande. Muy grande. Y que, por qué no, puede convertirse en su verdugo. Más aún cuando el Barça es la espina más jodida del Arsenal. Lo fue en la final de París en 2006. También el año pasado en cuartos. Ahí reside el principal peligro al que se enfrentan los de Guardiola: las ganas de venganza de los gunners. ¿Por qué no devolverles la jugada? ¿Por qué tendrían que ceder y allanar el camino del Barça hacia Wembley? ¿Por qué tener piedad y perdonarlos?

Esto es fútbol, señores. Aquí no hay concesiones ni favores. Hacerlo, sería la perfecta condena a perderlo todo. Por ello, los de Wenger han querido dejar claro que no vienen a Barcelona a pasear. Vienen a plantarle cara al mejor equipo del mundo (al menos, al que mejor juega al fútbol). A luchar hasta el final. Y que, si como años anteriores, deben morir en el intento, al menos que no se diga que lo dieron todo por evitarlo. Además, llegan con un as bajo la manda. ¿Su nombre? Robin Van Persie. Parecía que el holandés iba a perderse la fiesta del Camp Nou, pero no. Ha llegado a tiempo. Una amenaza más para un Barça que, a estas horas, está fuera de la Champions. Y que sin Piqué y Puyol en el centro de la zaga, deberá ser capaz de frenar a su rival para evitar sorpresas desagradables.


Pero el de esta noche también es el reencuentro de un viejo conocido con el equipo de su vida. Cesc Fàbregas vuelve al Camp Nou siendo capitán del rival, del conjunto que siendo un niño lo abrazó y le brindó la oportunidad de jugar al fútbol. Siendo capitán del equipo que le ha llevado a ser lo que es ahora. Entre la espada y la pared. Héroe o villano. Sí... difícil papel el que tiene Cesc esta noche.

Nadie puede saber qué pasará esta noche. Pero, a día de hoy, un Barça-Arsenal sólo puede ser sinónimo de fútbol. Fútbol con mayúsculas. Dos de los mejores equipos de Europa enfrentados en un pulso en el que sólo uno ganará. Saben que si logran superar esta piedra en el camino hacia la final, Wembley estará más cerca. Ninguno de los dos quiere morir todavía. Ambos quieren mantenerse en la lucha.

Pero sólo uno seguirá vivo. El otro, deberá decir adiós a la Champions consciente de que habrá caído ante un gran rival. Y es que, pase lo que pase, lo que sí es seguro es que nos espera una noche inolvidable, irrepetible y única. En la que la magia y el fútbol volverán a darse la mano. En la que no puede haber un perdedor si tenemos en cuenta que Barça y Arsenal son los que se enfrentan.

Sin embargo, en cuartos sólo hay lugar para uno.
Y el nombre del que podrá seguir soñando con Wembley se esconde en un escenario inigualable, y que el año pasado ya fue testigo privilegiado de una verdadera lección de fútbol. Si se repetirá la historia o cambiará el final sólo se podrá saber en el momento en que Massimo Busacca dé por terminado el partido. Hasta entonces, el sueño de Wembley sigue intacto para Barça y Arsenal.

Barça y Arsenal...
Inevitable pensar que el que caiga eliminado esta noche dejará 'huérfanos' a todos los que vivimos, disfrutamos y respiramos fútbol.




20.45 h. Camp Nou. Barça - Arsenal.
Bienvenidos al mundo del fútbol.
http://www.youtube.com/watch?v=YsOotRgIFwE&feature=related