'El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes'


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lunes, 7 de mayo de 2012

Nunca un 'adiós' fue tan un 'hasta siempre''.



Quien me conoce, sabe que odio las despedidas y, que a pesar de que no me gusta repetirla demasiado en voz alta, 'adiós' es una de las palabras más bonitas que existen para mí, pero también una de las más difíciles de decir. 

Puede parecer una paradoja, pero no lo es. Duele dejar atrás aquello que no quieres perder o que no quieres que se vaya, pero 'adiós' esconde y significa tanto... Por eso las despedidas que más cuestan afrontar son las que llegan cuando se ha sido muy feliz antes.


Por eso quizás a muchos se nos hizo un nudo en la garganta el pasado sábado mientras veíamos como Josep Guardiola se despedía de la que ha sido -y será siempre- su 'otra' casa. Reconozco que cuando anunció que el año que viene ya no sería él quien manejaría el timón del mejor Barça de la historia pensé que tampoco era para tanto y que este momento iba a llegar algún día. Al fin y al cabo, nada dura para siempre.


Pero yo, que tengo una habilidad especial para caer en el error una vez sí y otra también, volví a equivocarme. Creía que lo llevaba bien...hasta que llegó el Barça-Espanyol y todos los que estaban en el Camp Nou -y seguramente muchos otros en sus casas, independientemente del color de sus corazones- entonaron un adiós difícil. Esperado, sí, pero para el que quizás no estábamos preparados. 


Quizás por ello esa sensación de vacío. De silencio. De negar lo inevitable. De nada.

Recuerdo perfectamente el día que se hizo cargo del primer equipo. Y no lo he olvidado porque volví  a equivocarme, otra vez. Le dije a mi abuelo que Guardiola no duraría ni dos telediarios en el Barça, y que pronto todo el castillo se volvería a derrumbar. Y, sin embargo, 3 Ligas, 2 Champions League, 1 Copa del Rey, 3 Supercopas de España, 2 Supercopas de Europa y 2 Mundiales de clubs después, tuve que tragarme mis propias palabras. Y cuánto me alegro de haberlo hecho. 

La marcha de Pep es una mala noticia para el Barça, para sus seguidores, pero también para el fútbol, porque lo hizo más grande y le regaló un poquito de magia, haciendo las delicias de unos y otros allá donde quisiera que fuera. 

Y después de él, ¿qué? Nadie lo sabe, porque no es nada más que otra de esas preguntas que surgen a lo largo de nuestras vidas y que no tienen respuesta hasta que algo sucede. Si saldrá bien o saldrá mal, si le echará de menos o simplemente se le recordará por todo lo que hizo y consiguió...nada se sabrá hasta que nos crucemos de frente con la realidad, sea la que sea.

Guardiola se va, pero no somos pocos los que mantenemos la esperanza de que sólo sea por un rato y que en realidad sus palabras sobre el césped del Camp Nou el día de su despedida se puedan resumir en un 'hasta pronto'; un paréntesis que no se cierre, y una historia con puntos suspensivos en el que el final todavía no está escrito. 

Que sólo sea un 'adiós' tras el que se esconda un 'hasta siempre'.




miércoles, 25 de abril de 2012

Equivocarse...y caer.


‘Matémosle’ sin darle antes opción a poder levantar la cabeza tras un fracaso. Culpémosle de las derrotas. Dejémosle sin nuestro perdón cuando falle un penalty o cuando sus pies manden el balón al palo. Riámonos de sus lágrimas tras una mala noche o después de que el rival le deje a las puertas de un sueño. 
Hagamos que sus 243 goles vistiendo la camiseta con la que ha crecido se queden en nada. Abandonemos sus tres Balones de Oro consecutivos en el rincón más escondido de nuestra frágil memoria. 
Silenciemos las voces que se rindan ante él. Borremos de nuestras retinas las obras de arte más bellas jamás vistas sobre el césped que llevan su firma. Neguemos que todos, en algún momento u otro, nos enamoramos de él y de su fútbol. 
Quitémosle mérito a su lucha, tanto la que mantiene contra sus enemigos como la que le enfrenta a sí mismo. Pongámosle techo e impidamos que siga siendo capaz de agotar las palabras que hablen de él. Hagamos de su nombre –y del número 10- un tabú. Prohibamos que los niños quieran ser como él. 


Insistamos, incansables, en decir que ese pequeño que un día nos dijo que no olvidáramos su nombre no existió, y que sólo fue quien fue en la cabeza de quienes alguna vez soñaron con que había un mundo, el del fútbol, en el que la magia podía dejar de ser una utopía inalcanzable. 

Mantengámonos impasibles ante la realidad de que el fútbol es un reflejo más de la vida, en la que a veces se gana…pero también se pierde. Y que incluso los más grandes, pueden equivocarse alguna vez.

* * *

Leo, gracias por equivocarte y por enseñarnos que los errores, al fin y al cabo, siempre acaban haciéndonos un poco más fuertes. Y es que a veces, para ser el mejor -y Messi lo es y lo será a pesar de todo-, uno tiene que haber aprendido antes a caer.











sábado, 7 de abril de 2012

En boca cerrada...

...no entran moscas, señor Clemente. Debería usted saberlo. Suficientes son los años que ha vivido para haber aprendido que a veces es mejor callarse, aunque el silencio no sea precisamente su mejor amigo.


El fútbol no necesita personajes como usted. El Sporting tampoco.


Echando la vista atrás, no es de extrañar que reciba las críticas que le regalamos muchos, porque no entendemos por qué esa necesidad de hacer daño, por qué esa obsesión por ser el centro del mundo a costa de lo que sea, llevándose por delante todo lo que se cruza en su camino. Sea quién sea.


Día a día, semana tras semana, no hace más que evidenciarse. Mostrar lo peor de sí. Quizás es que no hay más, que verdaderamente sus palabras -si es que a todo lo que sale por su boca merece ese nombre- son el espejo perfecto en donde se refleja su persona. ¿Por qué, señor Clemente? No pague su enfado con el mundo y con la vida con los demás. Ya bastante feo es y está todo como para que algunas personas se dediquen a podrirlo todo mucho más.


Siempre me ha parecido usted una persona necesitada de protagonismo. Egocéntrico y egoísta. Obsesionado por estar siempre en primera línea fuera de los campos de fútbol. Y debería saber que este deporte requiere que se hable sobre el césped, no fuera. Lo que le hace digno o no, lo que le hace ser un espectáculo -casi un modo de vida para muchos- o un 'drama', es lo que ocurre desde que un árbitro señala el inicio de un partido hasta que se consume el tiempo de éste. No lo que sucede fuera de ello.


Pero usted...usted centra todos los focos a ese margen externo al campo de fútbol. No hace más que escupir sobre cualquier cabeza toda su rabia y todo su mal carácter. Qué más da pisar todo lo que se encuentre en su camino. No importa, señor Clemente, ¿verdad?


No me cae bien, es obvio. Es un sinvergüenza, intolerable, bocazas y mala persona. Lo demuestran sus palabras y sus actos. Su manera de hacer. El otro día 'humilló' a un periodista y le 'amenazó' gratuitamente. Hoy, en lugar de cerrar filas entorno a su equipo, deja caer que los hombres que tiene bajo sus órdenes no son de Primera, y les deja a la altura del betún, a pesar de que la situación es ya bastante difícil y crítica. Pero a usted no le importa. En lugar de ser un empujón, en lugar de reconocer errores propios y buscar incansablemente la esperanza en un último tramo que se le hará muy costoso al Sporting, como si se le fuera la vida en ello, no, usted se dedica a despotricar y a afear a un equipo histórico y que siempre ha merecido el cariño de todos.


El Sporting no se merece tener a alguien como usted ocupando su banquillo en El Molinón. Si antes estaba condenado, ahora, desde su llegada, y gracias no sólo a una dirección del equipo pésima, sino también a las polémicas que protagoniza, se quema poco a poco. El Sporting se muere. Una muerte lenta y dura, de las que duelen. Preparando un adiós que no merece, y autoconvenciéndose -eso solemos hacerlos todos cuando tenemos miedo a algo- de que lo que parece ahora irremediable sucederá. Y quizás con la pena y la mala consciencia de haber confiado en usted para sobrevivir.
¿Las comparaciones son odiosas, eh, señor Clemente?


Y sí, puede ser, pero Manolo Preciado nunca debió haberse ido del Sporting. Al menos, además de ser un entrenador excelente, también sabía ser persona.

martes, 27 de marzo de 2012

¿Qué pasa con Emery?


Reconocer que el nombre de Unai Emery está el saco de los mejores técnicos que a día de hoy existen en el fútbol español no es un error ni un disparate. Tampoco es equivocarse. Sólo es rendirse ante la evidencia, aunque su camino en el Valencia esté ahora repleto de piedras que entorpecen su andar.

Sí, Unai tiene un pie y medio -sino dos- fuera del equipo levantino. Y sí, su futuro parece estar más lejos de Paterna que nunca, pero su trabajo y su manera de hacer son irreprochables. Aunque no guste a todo el mundo, aunque sean muchos los que no le quieren al frente del banquillo ché y quienes piden, día sí y día también, su salida.

De los últimos 45 puntos en juego en Liga, el Valencia sólo ha sumado 17. Cuatro victorias, cinco empates y seis derrotas han sembrado la duda en el seno del club y en la grada de Mestalla. Una grada que incomprensiblemente arde en deseos por que Emery deje de ser el técnico de su equipo. Y digo incomprensiblemente, porque no se entiende que se pida la cabeza de un entrenador que ha mantenido al Valencia en lo más alto posible, teniendo en cuenta que el imperio de dos gigantes intratables como Barça y Madrid es inalcanzable para los demás. Terceros en Liga y vivos en la lucha por la Europa League... que le pregunten, sino, a muchos otros equipos, a muchos otros técnicos y a muchos otros seguidores cuánto darían por estar en la misma situación que el Valencia. Pocos se negarían.

Entiendo que las sensaciones sean malas tras encadenar resultados no demasiado buenos. Entiendo que la gente tiemble viendo a una defensa floja y que se derrumba. Entiendo que el ánimo decaiga y que las cosas se vean negras ahora que la tercera plaza está en peligro ante el empuje de los que vienen atrás, de los Málaga, Levante, Osasuna, Espanyol y demás que aún no tiran la toalla, ni por el bronce ni por un cuarto que abre las puertas al sueño de la Champions. Entiendo el enfado y el malestar de una grada acostumbrada a vivir grandes momentos en las últimas décadas y que ahora ven que éstos se diluyen, quedando al borde de la desaparición.

Pero no entiendo las críticas a Unai Emery. Ni las entiendo, ni las comparto. Porque si hay algo que caracteriza al técnico vasco desde que cogió las riendas del Valencia en la temporada 2008-2009 es su apuesta por el fútbol atrevido, por jugar de tú a tú también a los más grandes, llegando, incluso, a ponerles contra las cuerdas. Echarle la culpa a alguien que ha tenido que sobrevivir al 'adiós' forzado de las piezas indispensables del puzzle valencianista -véanse David Villa, David Silva y Juan Mata- y que ha tenido que volver a construir el castillo desde abajo confiando en futbolistas jóvenes que apuntan maneras pero que necesitan crecer -Jordi Alba, Sergio Canales, o el propio Roberto Soldado-, o a alguien que ha sabido apagar alguno de los incendios que se han producido en el vestuario, es de cobardes. De no saber reconocer que no hay un único responsable y que, por tanto, las culpas deberían ser compartidas por todos -y cuando digo todos, me refiero precisamente a eso, a todos- y no centradas sobre la cabeza de uno solo.

¿Es Unai el gran incomprendido? ¿Es justo echarle la soga al cuello?

Sea como sea, y con su futuro en el aire, los próximos partidos del Valencia -ante el AZ Alkmaar en Europa League y el derby ante el Levante de este domingo- se antojan como dos verdaderas finales para un Emery al que parece que se le ha agotado el crédito en un club que parece haber dejado de creer en él.


miércoles, 21 de marzo de 2012

La magia inextinguible de un pequeño que alcanzó el cielo






Érase una vez un niño de 24 años que desde que era muy pequeñito soñó con tocar el cielo del fútbol. Se llamaba Leo, y alguna vez su sonrisa tímida nos había dicho que no olvidáramos su nombre, como si ya entonces supiera que él iba a ser el protagonista indiscutible de las escenas más bonitas que la historia del fútbol nos acabaría regalando.

Leo había empezado a soñar en las calles de Rosario, aunque quizás nunca imaginó que sus sueños llegarían tan lejos y que se transformarían en una realidad que haría feliz a millones de personas alrededor del mundo. Era muy chiquitito cuando dio su primera patada a un balón. A penas tenía cuatro añitos, y no sabía que un gesto tan inocente como aquel -el de empujar un balón- sería su primer paso en un camino sublime marcado por momentos imborrables que se quedarían en la retina de los enamorados del fútbol.


Si hubiera podido escoger, es muy probable que hubiera elegido crecer al lado de su abuela, a quien Leo tanto quería. Pero ella se fue. Y lo hizo para no volver, para siempre, aunque su pequeño, su verdadero ojito derecho, jamás la olvidó. Tan sólo tenía que levantar la cabeza hacia el cielo y repetir en voz muy bajita, casi en silencio, un 'esto va por ti' que quizás escondiera, en realidad, un 'te quiero'.

Así, sin soltar su manita de la de su abuela, el chiquitín creció. Su única obsesión, su única droga, era el fútbol. El fútbol... y el balón, que pareció coserlo para siempre a sus pies. Quienes le veían, sabían que ese niño guardaba en sí una magia al alcance de muy pocos, y ya entonces sabían que su futuro estaba escrito y que tenía reservado un lugar firme e indiscutible en el olimpo del mundo del fútbol.

Pero él era ajeno a todo ello. Con la humildad como su más preciado tesoro bajo el brazo, Leo se aislaba de todo cuanto pasaba a su alrededor. No importaba que poco a poco fuera agotando las palabras a aquellos que intentaban buscar un término que lo definiera sin dejar lugar a dudas de quién y cómo era ese chico argentino que, sin hacer demasiado ruido, sedujo a tantas y tantas personas. Él...a lo suyo,incansable, inagotable.Escribiendo día a día nuevas páginas en la historia del fútbol, y cada una de ellas más inédita y brillante que la anterior. De esas que no se borran, de esas que no se olvidan y que permanecen intactas aún a pesar del paso del tiempo. Se dedicaba a romper todas las reglas de las matemáticas, a coleccionar balones -algunos de ellos, de oro-, a recoger elogios a donde quisiera que fuera, a escuchar cómo millones de voces coreaban su nombre -algunas veces gritando, otras callando-, a dibujar sonrisas en los que veían en él su propio reflejo y en los que querían ser como él, a construir ilusiones en aquellos que parecían haberlas perdido, y a devolver la esperanza a quienes ya no la tenían.

A hacer grande el fútbol.

Érase una vez un niño de 24 años que desde que era muy pequeñito soñó con tocar el cielo del fútbol...y lo tocó. Un niño llamado Leo Messi.

El 20 de marzo de 2012 será recordado como el día en que Leo Messi engrandeció su nombre al convertirse en el máximo goleador de la historia del Barça superando al mítico César gracias a sus 234 goles. El día en que se confirmó, quizás más que nunca, que es leyenda vida del fútbol y que sólo en sus manos -o, mejor dicho, en sus pies- está el pasar a ser el mejor futbolista de los tiempos. Si es que ya no lo es...

*Los vídeos publicados en este blog están extraídos de Youtube





lunes, 9 de enero de 2012

Leo nunca fue pequeño.

A veces necesitamos mirarnos en el espejo para darnos cuenta de quiénes somos. Para saber dónde estamos, de dónde venimos y a dónde queremos llegar. Sin embargo, algo tan sencillo como eso, como plantarse frente a un cristal que nos devuelve nuestro propio reflejo, no siempre debe ser fácil.

Y al decir esto pienso en él. En un chico de 24 años que un día cualquiera, qué más da, se encontró con que tenía el mundo a sus pies. Es probable que nunca imaginara que su ilusión por acariciar un sueño, que jamás le abandonó desde que un balón de fútbol se posó por vez primera en sus pies, le 'condenaría' a llevar con él, a donde quisiera que fuera, la etiqueta de 'el número uno del mundo'. Pienso en él, en un chico que hace apenas unas horas ha recibido en Zúrich su tercer Balón de Oro consecutivo. Y lo ha hecho con su inseparable sonrisa tímida.

Una sonrisa que recuerda a la de un niño. Porque Leo Messi sigue siendo eso, aquel pequeño que un día, ya desde las calles de su Rosario natal, juró su amor incondicional por el fútbol, llegando incluso a provocar que el propio mundo del deporte rey se enamorara poco después de él y de su magia.

El '10'. Tuve la suerte de conocerlo hace siete años, un 26 de noviembre en el que me desperté sin saber que pocas horas después me tropezaría, casi sin querer, por casualidad, con un por aquel entonces casi desconocido Leo Messi. Sin saber que el autógrafo que aquel día me llevé a casa -para mí fue un regalo de cumpleaños (al día siguiente cumplía quince), aunque con el tiempo aprendí que aquello era un pequeño tesoro que ganó con el tiempo un valor del que yo no fui consciente aquella mañana de otoño- llevaba la firma de alguien que iba a estar en boca de todos en los años que vinieron después. Sin saber que iba a ser el protagonista único e indiscutible de miles de portadas de diarios alrededor del mundo. Sin saber que todos los niños querrían ser como él. Sin saber que nadie, absolutamente nadie, se cansaría de verle jugar.

Sin saber que el chico de 17 años que ocupaba el lugar de copiloto de un coche rojo conducido por un tal Jorge que resultó ser su padre, iba a dejar a millones de personas boquiabiertas cada vez que disfrutaran de él, de sus asistencias y de sus goles sobre el césped de decenas de estadios de fútbol.

Sin saber que aquel al que acababa de abrazar instantes antes sería un firme (y digno) candidato a ser el mejor jugador de la historia del fútbol.





Messi nunca se olvida del cielo. Cuando marca un gol, repite el mismo gesto de siempre. El de siempre. Sonríe, baja la cabeza y tras unos segundos, mira hacia arriba, señalando con sus dedos quién sabe el qué. Como si buscase a alguien. Pero el destino de ese mensaje es un secreto a voces: lo hace para recordar a su abuela Celia, que se fue cuando él tenía apenas diez años. Era precisamente ella quien lo llevaba cogido de la mano a los entrenamientos cuando Leo daba sus primeros pasos en el mundo del fútbol. Quien insistía en que su nieto pequeño jugara aunque los demás fueran mayores que él. "Tocarla a Lionel, tocarla al chiquitín, él sí que mete goles", repetía Celia una y otra vez. Día tras día.

Su muerte fue un duro golpe para el de Rosario, y aún a día de hoy sigue siendo su recuerdo más triste. Quizás por eso está tan unido a los suyos. De hecho, era casualmente en casa de su abuela donde cada domingo, al juntarse toda la familia, Leo se divertía junto a sus hermanos y sus primos con el sueño que ha perseguido desde que muy pequeño: el fútbol. Quizás todo empezó en su cuarto cumpleaños, cuando al '10' azulgrana le regalaron su primer balón, uno de rombos rojos que pareció despertar su pasión. La misma con la que ahora cose el esférico a sus botas, siendo capaz incluso de hacer un fútbol a priori sencillo pero que roza lo inigualable. Quizás por esa razón, su primer entrenador, el señor Aparicio, quiso poner a prueba al pequeño de los Messi aunque éste fuera un año menor que sus compañeros de equipo. Años después, Aparicio reconocería que nunca había visto algo así. Algo como él.

"Leo nació sabiendo".

'La Pulguita' caminó hacia su sueño, gracias en parte al sacrificio de sus padres, que también supieron buscar una solución a la enfermedad que sufría Messi y que le impedía crecer con normalidad, y acabó por dejar atrás Rosario, el lugar donde había nacido. El lugar en el que aprendió a ser la persona que conocemos hoy. La humildad sigue siendo su principal seña de identidad, y ni llegar a lo más alto del fútbol ha hecho que sus pies se eleven lo más mínimo del suelo que pisa. Sigue siendo el niño tímido y callado con el que todos sus compañeros del colegio querían jugar.

Con 13 años, o sabía qué le depararía el futuro, y a pesar de arrastrar consigo una cierta sensación de incertidumbre pero sin miedo, Leo emprendió un viaje sin retorno a Barcelona. Cesc Fàbregas, con el que comparte vestuario en el Barça y con el que se crió futbolísticamente, fue testigo directo de los inicios del crack argentino: "Al principio, cuando llegó, creíamos que era mudo, pero después, gracias a la PlayStation, descubrimos que sabía hablar". Porque sí, Leo habla, pero a diferencia de otros, lo hace cada vez que juega al fútbol. Y nadie lo hace como él. Siempre al margen de escándalos y tanganas. Tampoco muy dado a las ruedas de prensa ni a regalar grandes titulares que se salgan del espectáculo que semana tras semana brinda a los aficionados del fútbol. Sólo hace falta echar la vista atrás y fijarse en el día en que el Barça celebró la cuarta Champions de su historia en el Camp Nou. "No tengo nada qué decir", dijo Messi. Él no tenía nada que decir. Precisamente él, culpable en parte de que aquella copa fuera el centro de atención de todas las miradas en el feudo azulgrana.

Pero ése es Leo. Único. Diferente. Especial.

De ello también se percató Carles Rexach, secretario técnico del Barça en el momento en que Messi aterrizó en Barcelona por primera vez. Su primer contrato fue firmado en una simple servilleta de bar. No importaba dónde ni cómo firmar. Rexach sabía que no podía dejar escapar al argentino. "Tenemos que ficharlo ya", dijo entonces.

Y siendo quien es, cualquier podría pensar que las cosas son fáciles. Pero no. No todo en la vida de Messi son victorias y momentos dulces. Su mayor espina es también uno de sus grandes amores. Su tierra. Esa por la que lloró cuando la abandonó con trece años, y por la que también derramó lágrimas el día en que debutó con la albiceleste. Tan importante era ese partido para él que cuando fue expulsado en el minuto uno en su primer partido con la camiseta de Argentina, nadie pudo consolarlo, prueba inequívoca de su propia autoexigencia que le obliga a querer jugar siempre. También en la final de París lloró. En 2006, ante el Arsenal, Messi no pudo participar por culpa de una lesión, y ese día, en medio de la euforia azulgrana tras la conquista de una Champions muy deseada por el Barça, para Leo no hubo celebraciones, ni tiempo tan siquiera para ir a buscar su medalla. Prefirió quedarse en el vestuario.

No siempre el viento es favorable, y eso bien lo sabe su entrenador, Pep Guardiola, quién regaló a 'La Pulga' el libro "Saber perder", que esconde un mensaje claro: hay que estar preparado y luchar por lo que se quiere siempre, a sabiendas de que no siempre el resultado estará de nuestro lado. Pero eso lo aprendió muy bien Leo Messi gracias a su abuela, quizás la gran culpable de que el '10' del Barça esté hoy donde está. Quizás es ella quién todavía le cuida desde el cielo. La que protege a su pequeño.

Un pequeño muy grande.



tuyo/mío. nuestro.

martes, 15 de marzo de 2011

Cuando las palabras no son suficientes... Abidal.


Seguramente nunca llegarás a ganar un Balón de Oro. Tampoco llenarás páginas y páginas de un diario. No escribirán sobre ti regalándote palabras como 'el mejor del mundo'. No serás Pelé, ni Di Stéfano, ni Platini. Tampoco Messi. Tu dorsal, ese '22' que te echará tanto de menos, no será mítico. Ni los niños crecerán queriendo ser como tú. Probablemente, no te aplaudirán en todos los estadios en que dejes tu huella. Quién sabe cuántos recordarán tu nombre el día en que digas decidas decir adiós al fútbol. Quizás nadie sepa ni tan siquiera donde naciste. Ni cuando. No se venderán millones de camisetas tuyas alrededor del mundo. Ni las chicas colgarán posters con tu foto en sus habitaciones sólo porque eres guapo. Pocos se pintarán tu nombre en sus caras o se pelearán por hacerse una foto contigo. Vete a saber cuántas personas al escuchar la palabra 'Abidal' habrán pensado en cualquier cosa menos en ti. Seguro que, para muchos, seguirás siendo un mero desconocido.

Pero nadie, absolutamente NADIE podrá discutir que eres uno de los GRANDES. De esos jugadores que demuestran que la palabra 'CRACK' no está sólo ligada a lo que uno hace sobre un terreno de juego. Porque para ser 'crack' es condición indispensable ser antes PERSONA. Y tú lo has demostrado muchas veces.

Ahora la pelota está en tu tejado. Te toca marcar el gol de tu vida. Conseguir la victoria en el que, quizás, sea el partido más difícil de tu vida. Nada podrá contigo, tú podrás con todo.

Triste día el de hoy. ¡Parece tan irreal todo lo que está sucediendo...! Tan increíble, tan inconcebible.

Tan pesadilla.


Estamos todos contigo. Sólo tienes que cerrar los ojos e imaginarte el Camp Nou en los días de los grandes partidos. Miles de personas a tu lado. Corean tu nombre. Te aplauden. Esto es lo mismo, sólo que esta vez te gritaremos todos en silencio. Y aunque no nos escuches, muchos somos ya los que te estamos esperando de nuevo.

Porque volverás. Seguro.
Tienes que volver.


domingo, 13 de marzo de 2011

Cesc Fàbregas. 'Ni contigo, ni sin ti'

Barça y Arsenal comparten algo más que su manera de entener el fútbol: el corazón de Cesc Fàbregas.

Un Cesc Fàbregas que con tan sólo 16 años tuvo que enfrentarse a una de las circunstancias que, probablemente, más marcarían su camino en el mundo del deporte rey. En un lado de la balanza, quedarse en Barcelona. Su sueño, su equipo de toda la vida, sus compañeros, su familia. En el otro, marcharse a Londres. Su particular 'tierra de las oportunidades'. ¿Cuántas vueltas debió darle a aquella decisión un chico que sólo soñaba con hacer lo que más le gustaba, que era jugar al fútbol? ¿Qué debió pasar por su cabeza aquel septiembre de 2003? Sólo él lo sabe, y también sólo él podría determinar qué precio ha tenido que pagar por haber elegido decir adiós al Barça. Nunca llegaremos a saber con total convicción qué supuso para él aquel cambio, ni podremos ser capaces de valorar suficientemente a qué tuvo que renunciar o todo lo que se perdió por elegir al Arsenal. Por estas razones, y también por muchas otras, son por las que me decido a decir que el fútbol, y todos los que nos deleitamos con él, ha sido muy injusto a veces con Cesc Fàbregas.

Lo comprobé el pasado 8 de marzo. Partido de vuelta de octavos de final de Champions entre Barça y Arsenal. Cesc volvía al campo en el que, paradíjicamente, nunca llegó a jugar vistiendo la camiseta azulgrana y que, sin embargo, siempre consideró su casa. Llegaba tocado. Una lesión había estado a punto de dejarlo sin el que, sin duda, era uno de los partidos más especiales para él. Uno no vuelve todos los días a su casa después de muchos años de ausencia y de amores declarados pero escondidos; no gritados, sin embargo, para no hacer daño al equipo (y a la afición, la 'gunner') que lo abrazaron después de que Cesc tuviera que protagonizar la que, probablemente, haya sido una de las despedidas más difíciles de su vida. Hizo todo lo posible por llegar a ese partido. Por el Arsenal, por su compromiso como capitán de los 'gunner', por el técnico que se lo enseñó todo y que le llevó, de la mano, a convertirse en lo que es en estos momentos. Porque aunque a muchos les pese, aunque muchos no quieran reconocerlo, aunque muchos quieran poner una venda delante de sus ojos para no verlo, aunque otros no encuentren motivos suficiente para llegar a afirmarlo... Cesc Fàbregas es grande. Muy grande. Por muchas razones, pero, sobre todo, porque fue capaz de renunciar a todo lo que quería por perseguir un sueño. Dejar atrás todo lo que te hace sonreír no es fácil, pero él lo hizo. Y lo hizo para alcanzar algo mucho más inaccesible que una sonrisa: la felicidad. Ser feliz en el fútbol.

El caso es que el 8 de marzo Cesc Fàbregas abandonó el Camp Nou acompañado de una sonora pitada que le brindó la afición azulgrana. Una afición que, sin duda, estaba en todo su derecho de hablar, pero que, según mi parecer, fue muy injusta con el jugador del Arsenal. Con motivos o no, las personas que estaban aquella noche siendo testigos de cómo el Barça encarrilaba su pase a cuartos, debieron ser conscientes de quién es Cesc. Un chico que abandonó Barcelona en busca de una oportunidad en el fútbol que el Arsenal le regaló. Y hay regalos que significan tanto que, incluso, son difíciles de devolver. Y hasta ahora, Fàbregas ha considerado que la manera más idónea de devolver a los 'gunners' y a Wenger todo lo que hicieron por él ha sido quedándose en el Arsenal, llegando a convertirse en el eje central de un equipo que sin él, perdería a las piezas indispensables del puzzle.

¿Tan difícil es entender la situación de Cesc? De verdad, ¿es tan complicado?

Ahora el camino fácil es pitarle, claro. Lo pitamos, y si algún día vuelve a Barcelona, le aplaudiremos como nunca y le haremos altares si hace falta. Pero mientras, le abucheamos, le silbamos y pataleamos. No hay nada como llorar por algo que no tienes. Y digo yo... ¿Qué tal si somos algo coherentes y justos? ¿Tanto duele que todavía no haya vuelto? ¿Por qué tanta rabia contenida¿ ¿Por qué tanto rencor?

Ni yo ni nadie sabe si volverá o si se quedará. Pero, pase lo que pase, no nos podemos dejar llevar por la impaciencia. Tampoco por el desasosiego. Lo que sea, será. Pero lo que es inadmisible (por lo menos, injusto) es que alguien como Cesc Fàbregas sea despedido del Camp Nou como lo fue en el partido frente al Arsenal. Porque alguien que sigue en el equipo de Arsène Wenger aún sin ganar títulos y que no acaba de firmar su regreso al club que le vio nacer, debe tener motivos de suficiente peso para hacer lo que hace.

En mí aún cabe la esperanza de ver a Cesc vestido de azulgrana. De hecho, creo que acabará por volver. Pero tiempo al tiempo. Si hace ocho años la despedida del Barça fue difícil, no menos lo será para él la del Arsenal. Hay que tener muy presente que allí fue donde creció y donde se hizo un nombre en el mundo del fútbol. No es fácil. Seguro que no es fácil.

Y los demás no sabemos apreciarlo.
Y hay cosas que, aunque se escapen a nuestros sentidos y a nuestras convicciones, no se pueden quedar olvidadas en cualquier rincón.

La del Barça con Cesc Fàbregas es la perfecta historia del 'ni contigo ni sin ti'. Y por ahora, la afición azulgrana sólo puede esperar a que llegue el momento en que dicha historia acabe por encontrar su punto y final. Pero, por favor, no seamos injustos.

sábado, 19 de febrero de 2011

Historia de un amor correspondido

Cuando Thierry Henry abandonó las calles de Les Ulis para dedicarse al fútbol, jamás imaginó que su sueño pudiera llevarlo a lo más alto

Nadie en el suburbio parisino de Les Ulis podría haber sospechado que el niño que acababa de nacer aquel 17 de agosto de 1977 llegaría a convertirse en uno de los cien mejores jugadores de la historia del fútbol. Nadie, salvo, quizás, su padre Antoine, que fue quién inculcó a Henry su amor por el fútbol, y quién más le exigió. Cuando tenía nueve años, Thierry siempre le preguntaba después de los partidos cómo lo había visto, y pocas veces recibió elogios de su padre. “Has marcado, pero has fallado en muchas cosas”, le decía una y otra vez Antoine. Aquellas palabras marcaron su carácter, y todavía hoy provocan que al terminar un partido, Henry se reproche sus propios errores. Aunque haya firmado el mejor encuentro de su vida. Eso no importa. ‘Tití’ tiene por costumbre repetirse a sí mismo aquello de “podrías haberlo hecho mucho mejor”.

Perfeccionista e inconformista desde pequeño, Henry aprendió a no sonreír sobre un terreno de juego, y es que su necesidad por mantener la seriedad y la concentración durante los partidos es indiscutible. Por eso, no sonríe cuando marca un gol, pero él mismo reconoce que en el campo da una imagen muy diferente de quién es en realidad. Él no se siente especial, sólo uno más, con los mismos problemas que cualquier persona sin la etiqueta de crack. Solidario – tiene su propia fundación, ‘The One 4 All Foundation” y divertido, su hija Téa es, junto al fútbol, su gran amor.

Las calles de Les Ulis, un lugar demasiado alejado del paraíso, fueron testigos de sus primeras patadas a un balón. En un ambiente humilde y rodeado de pobreza, ‘Tití’ empezó a mostrar las cualidades que un día le llevarían a los más alto del mundo del fútbol: elegancia, velocidad y eficacia. Fueron muchos quienes vieron desde el principio que aquel niño de Les Ulis era una verdadera promesa del fútbol. El empeño de su padre y su esfuerzo tuvieron su recompensa y en 1994 el Mónaco, y sobre todo, Arsène Wenger, se cruzaron en el camino de Henry. La estancia en el equipo de la Costa Azul supuso el comienzo de su carrera. Su encuentro con Wenger, el prólogo de un vínculo irrompible. Tras el Mónaco, vino la Juventus, una época que el francés hubiera querido borrar de su vida sino fuera porque 1998 fue el punto de inflexión en la carrera futbolística de Thierry Henry. Su sueño de formar parte de la Selección Francesa se había cumplido un año antes, pero aquel año ‘les bleus’ se coronaron campeones del mundo. A partir de entonces, llegaría la época dorada del francés. Tras su mala experiencia en Italia, Henry aterrizó en el Arsenal. Allí se reencontraría con Wenger, al que siempre consideró su padre futbolístico.

Si Marco van Basten fue desde pequeño el espejo en el que mirarse, Highbury siempre fue su hogar. Se convirtió en mito de los ‘gunners’, por encima incluso del gran Ian Wright. Allá forjó la leyenda de su dorsal, el ‘14’ que no abandonaría nunca más. Fueron sus mejores años: lo ganó casi todo, se convirtió en el ‘killer’ al que todos los rivales temían enfrentarse, y aún tuvo tiempo para alzarse con la Bota de Oro en 2004 y 2005. Pero una obsesión cambiaría su destino. Por ella, acabaría abandonando el club al que tanto quería. Por ella, incluso, fue capaz de separarse de Wenger. Sólo la Champions se le resistía y en París, en aquella final de 2006 contra el Barça, la acarició. Pero se le escapó, y su compromiso con el Arsenal hizo que se quedara un año más. Sin embargo, Henry era consciente de que su etapa como ‘gunner’ había llegado a su fin. No fue fácil reconocer que el adiós estaba cerca. Él mismo declaró al fichar por el Barça, que su salida del Arsenal había sido “la decisión más difícil” de su vida. Aquella despedida marcó un antes y un después. Quizás fue la tristeza, quizás fueron los años, pero el delantero francés jamás volvió a ser el Thierry Henry del Arsenal que había enamorado al mundo con su fútbol. Ni en el Barça ni en los NY Redbull. Siendo tan sólo una sombra de lo que fue, acabó por pasar de héroe a villano por aquella famosa mano que clasificó a Francia para el Mundial de Sudáfrica en el partido frente a Irlanda. Fue entonces cuando el mundo pareció olvidarse de aquel que había sido capaz de superar a Michel Platini como máximo goleador de la historia de Francia, aquel que había sido, probablemente, uno de los mejores delanteros de la década.

Capítulos grises a parte, la historia entre Thierry Henry y el fútbol no es más que la historia de un amor correspondido. “Como, duermo y respiro fútbol”, llegó a reconocer. 647 partidos disputados y 303 goles marcados son las cifras que lo demuestran. La relación entre monsieur Henry y el fútbol es la consecución de imágenes de instantes inolvidables y de momentos tristes. La historia de aquel niño de Les Ulis que, tras un camino que no siempre fue fácil, pasó de la nada a ocupar un lugar entre las leyendas del fútbol.