'El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes'


domingo, 11 de diciembre de 2011

El miedo y el fútbol no son buenos amigos.

El miedo es inútil. Una trampa en la que es demasiado fácil caer. Un fantasma incómodo que torna lo posible en imposible. El peor de nuestros enemigos. Lo es en la vida... y en el fútbol. También ahí es difícil escapar a él.

En el Bernabéu, el Madrid fue una víctima más de ello, y comprobó que jugar con miedo es sinónimo de condena prácticamente inequívoca. Era el escenario perfecto, la situación idónea, el adversario anhelado ante el que dar un golpe sobre la mesa y demostrar entonces que el Barça puede ser destronado y que los de Mourinho son capaces de arrancarle la etiqueta de número uno a su eterno rival.

Y sin embargo... No. El Madrid no aprende. No sabe ganarle al Barça. Poco importa que hasta ahora hayas sido una máquina casi indestructible, que dejes en cada estadio que pisas un saco de goles o que se note que has dado un paso al frente con respecto a años anteriores. Qué más da. Ante los de Guardiola, los blancos volvieron a mostraron su peor cara. La más frágil. La misma historia de siempre. Y es que una vez más, el error del Madrid fue creer que tenía ganado el partido ya antes de que los noventa minutos echaran a andar. Eso, e ignorar dos lecciones que cualquier equipo debería no olvidar: nunca des por muerto a tu rival y no salgas a por el empate si no quieres hacer crecer las posibilidades de perder.

El Madrid lo hizo y volvió a ser un equipo pequeño ante el Barça. ¿Por qué? Por el miedo. Porque si no, no se entiende que un equipo al que le regalan un gol a los veintidós segundos de partido se encierre atrás y no se eche encima del rival para acabar de matarlo. O que cuando el contrario empata parezca que a tu equipo se le ha olvidado cómo se juega el fútbol y que vuelva a ser vulnerable. Y todo ello sin que los once que tienes delante jueguen su mejor partido, una circunstancia que aún te deja más en evidencia. Es difícil de creer, pero innegable que el gran problema del Madrid sigue siendo el Barça.

Un Barça que no hizo un partido perfecto, ni mucho menos. La defensa parecía estar en otro lugar. En cualquier otro, menos en el Bernabéu. Sólo Puyol dio la seguridad que se necesita en una cita del calibre de la de ayer. Durante los primeros quince minutos (quizás un poco más), el Madrid ahogó a los azulgrana, que perdieron demasiados balones, como hacía tiempo que no sucedía. Y ya se sabe que tantas interrupciones en el juego no son el mejor aliado de los de Guardiola.

Pero entonces, apareció él. Es vergonzoso que todavía haya personas que duden de quién es el mejor del mundo. Me parece increíble que aún muchos se pregunten si hemos visto o veremos a alguien como Leo Messi. 'El pequeño más grande'. Nunca unas palabras hicieron tanta justicia. Lo del argentino con el fútbol es algo indescriptible y difícil de imitar. Irrepetible. No marcó en el Bernabéu, pero de sus botas nació el primer gol. No hizo un partido de 10, pero si perdía un balón, no paraba hasta volver a recuperarlo, aunque tuviera que recorrerse todo el campo para hacerlo. Cuando el Madrid dejó huecos a Messi, el Barça respiró.

Y después Iniesta. Tal para cual. La media hora que se marcó el manchego antes de ser sustituido es digna de enmarcar. Fueron los mejores minutos del Barça, y los peores de los de Mourinho, que para entonces ya habían tirado la toalla, y a los que la desesperación y la resignación ya empezaba a apremiar. Iker Casillas, sin el que el Madrid no sería tan Madrid, era el reflejo de lo que sucedía: su equipo había devuelto las alas a un Barça al que si se le deja volar, vuela.

Al Bernabéu sólo le faltó aplaudir. Sin embargo, calló y se limitó a ser testigo de cómo el Barça bajaba un poco de la nube al equipo blanco, que creyó que los títulos se ganaban en diciembre. Los de Guardiola volvieron a ser un vendaval que arrasó con todo a su paso. Los pesos pesados del Madrid no fueron suficientes. Ni Mourinho -del que quiero reconocer para bien que ayer tuviera ciertos gestos que lo alejan del perfecto papel de malo malísimo que interpreta un día sí y otro también- con su once titular y sus cambios, ni Cristiano Ronaldo -dejémonos ya de absurdos debates Messi-CR9, el portugués en los partidos grandes desaparece y se vuelve irreconocible- pudieron hacer nada por frenar a un Barça imparable. Nadie.



El fútbol volvió a poner a cada uno en su lugar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Y el 'Submarino' se hundió.

No. No me cabe en la cabeza que esté escribiendo sobre el Villarreal.

No, no, no. Me equivoco. Lo que en realidad llevo mal y me cuesta aceptar es el hecho de que lo que voy a escribir gire entorno a la peor cara de un equipo que hasta ayer, como diría aquel, se codeaba con los grandes y se atrevía a tratarlos de tú a tú. Me parece casi imposible que vaya a hablar de la sombra de un 'Submarino' que hasta hace muy poco mantenía el rumbo hacia lo más alto. Durante los últimos años, era raro no ver el nombre del Villarreal entre los cuatro primeros; también no encontrarlo en esas noches de remontadas épicas, de luchas interminables... la magia de la Champions. Pasaba el tiempo, y los castellonenses parecían estar dispuestos a superarse día a día, a seguir escribiendo capítulos inolvidables en su historia.


Pero la felicidad es frágil, y nunca se sabe cuando puede llegar a romperse. Y los de Juan Carlos Garrido se han encontrado con la faceta más amarga de la vida. Esa vida que sucede como si de una noria se tratara: lo mejor siempre está arriba. Pero el Villarreal ha caído hasta el suelo, y sufre. Tanto, que ayer tuvo que hacer frente al duro trago de decir 'adiós' a la Champions al ser incapaz de resistir ese ciclón llamado Manchester City. Nada. Imposible. Se presentaba como una utopía...y lo fue. El Madrigal fue testigo de un Villarreal triste y apagado, que parecía ser consciente ya de que su final no iba a ser precisamente feliz.

Aunque perder ante The Citizens no es más que el reflejo de lo que está siendo el Villarreal esta temporada: un fantasma de lo que fue. No queda nada de ese equipo al que sus rivales temían. ¿Y quién es el culpable? No creo que haya una respuesta clara entorno a ello. Quizás lo que ocurre es que el Villarreal echa demasiado de menos al que hasta ahora había sido su motor. La pieza clave del puzzle. Por sus botas pasaba todo el fútbol del Villarreal.

Santiago Cazorla.

Su marcha al Málaga ha hecho mucho daño a los castellonenses. Mucho. Falta algo, alguien. Él. Y sin Cazorla, las cosas no funcionan. Y es entonces cuando vienen los tropiezos y los malos tiempos; la tormenta. Absurdo intentar evitar no tambalearse.

Tampoco ayuda que Joan Capdevila ya no esté (siempre he creído que en todos los vestuarios tendría que haber un jugador como él), o la circunstancia de que parece que alguien le ha echado un mal de ojo al Villarreal. Sólo le faltaba a Garrido tener que soportar el via crucis de las lesiones. Cani, Zapata, Nilmar...Giuseppe Rossi. Diagnóstico: rotura del ligamento cruzado de la rodilla derecha. Resultado: seis meses lejos de los terrenos de juego. Cuando algo va mal, siempre puede ir a peor. El italiano se convirtió en la estrella indiscutible del Villarreal la temporada pasada, y sus goles permitieron que el equipo se colara de nuevo entre los grandes. Y aunque este curso tampoco había empezado bien para él, era una garantía tenerlo sobre el césped. Pero hasta en este aspecto, la suerte fue esquiva con el Villarreal.

¿Y ahora qué? Ahora...nada. El 'Submarino' se muestra débil y susceptible, no se sabe si tocará fondo o si conseguirá coger aire. Pero las cosas no pintan bien, sobre todo teniendo en cuenta que las dudas empiezan a sobrevolar la cabeza del capitán del buque-Juan Carlos Garrido- y que el casco puede resquebrajarse en cualquier momento. No hay que engañarse. Ya se sabe lo que mal empieza... quizás mejor no acabar la frase.

Quizás dentro de un tiempo, cuando las cosas se hayan calmado, escriba de nuevo sobre el Villarreal, con la esperanza de que mis próximas palabras sobre el equipo castellonense tengan otro matiz. Más alegre. Más optimista. En definitiva, mejor.

lunes, 24 de octubre de 2011

Levante, un invitado sorpresa en una Liga de dos

El fútbol es tan grande que a veces nos convierte en testigos de cosas que a priori podrían parecer prácticamente imposibles. Y si no, tan sólo hace falta echar un vistazo al lugar más alto de la clasificación de la liga española para comprobarlo. Y no, el hecho de que los nombres de Real Madrid o Barça no aparezcan en primera posición no es ningún error; tampoco fruto de la casualidad.

Dicha circunstancia es, única y exclusivamente, mérito de un Levante que se ha erguido como el equipo revelación de la presente temporada. ¿O acaso alguien imaginaba que los granotas serían líderes a estas alturas? Yo, al menos, no.

De hecho, y sucede una y otra vez cuando el curso futbolísticamente hablando da sus primeros pasos, tengo la manía de hacer mis 'quinielas' de lo que sucederá: quién será el campeón, quién podrá colgarse la etiqueta de 'equipo Champions', quién tendrá un hueco en la Europa League... Pero, sin duda, la que más juego da es la del descenso, porque suele ser la lucha más temida, más reñida y, quizás, la más capaz de todas de abrazar el factor sorpresa. Y mis candidatos este año para caer en el pozo de Segunda eran Granada, Zaragoza...y Levante. Mantengo mi apuesta por los andaluces, su fútbol hasta ahora no ofrecen motivos más que suficientes para creer que pueden salvarse. Y el mismo guión lo traslado a los pupilos de Javier Aguirre, que ya llevan algunos años jugando con fuego y que si continúan mostrándose tan débiles y no da signos de reacción pronto pueden acabar pagando los platos rotos al final.

Sin embargo, con el Levante me equivoqué. Lo reconozco. Nunca he sentido una especial simpatía hacia el equipo levantino -no tengo nada en su contra, pero tampoco me atrae-, pero ahora no me queda otra que tragarme mis propias palabras, quitarme el sombrero y aplaudir. Chapeau.

Seis victorias, dos empates y ninguna derrota son los resultados que han llevado a los de Juan Ignacio Martínez a lo alto de la tabla, sin olvidar que se ha convertido en un 'matagigantes' (Madrid o Villarreal, por ejemplo, y entre otros, han sido sus víctimas hasta el momento), a ser líderes indiscutibles de esta Liga que se antojaba -todo parecía indicar que sería así, y, es muy probable que acabe siéndolo- bipolar. Pero el equipo granota es el intruso en una guerra de dos, y ve a azulgranas y madridistas por el retrovisor. Un Levante que con el presupuesto más bajo de la categoría de oro del fútbol español está llevando a cabo una verdadera revolución, y que colecciona elogios desde todos los rincones.

Los veinte puntos que llevan cosechados y que sea el equipo menos goleado de toda la categoría hablan mucho de este Levante que, por sorpresa, y contra todo pronóstico, se ha convertido por ahora, en el árbitro inesperado de esta Liga de dos.


martes, 4 de octubre de 2011

La vergüenza de lo inhumano.

El fútbol, como todo en esta vida, es capaz de reflejar lo mejor y lo peor; lo bueno y lo malo. Pero lo sucedido el pasado domingo en el Vicente Calderón supera cualquier límite que pueda haber entre ambos polos opuestos. Lo que ocurrió durante el transcurso del Atlético de Madrid-Sevilla puede resumirse en apenas dos palabras: inhumano e imperdonable.

A lo largo de la historia hemos visto la peor cara del fútbol plasmada, no pocas, sino muchas veces. Desde los "Messi muérete", a los "Ese portugués, hijo puta es", pasando por las cabezas de cerdo sobre el terreno de juego y los insultos racistas que han sufrido, entre otros, jugadores como Marcelo o Eto'o, sin olvidar tampoco el tan poco acertado 'Mr.Hígado' con el que un periodista -quiero pensar que lo hizo inconscientemente y sin maldad- nombró a alguien como Eric Abidal que hace nada consiguió ganar una batalla contra el cáncer que, por desgracia, muchos no son capaces de lograr. Y no, no somos ajenos a que, tristemente y cada vez más, el respeto en los campos de fútbol brilla precisamente por su ausencia. O hemos perdido la cabeza o esto se pudre por momentos. ¿Hemos olvidado ser personas o qué? Porque parece que ahora la regla dominante sea 'jode, y cuanto más, mejor'. De acuerdo, que el rival es precisamente eso, un enemigo, pero hay maneras de hacer las cosas que no tienen por qué tener como finalidad última la de hacer daño o herir al contrario. Y mucho menos, cuando un determinado gesto o unas desafortunadas palabras juegan con algo tan frágil como la vida de una persona. O, peor aún, con alguien que ya no está.

Pero una parte de la afición del Calderón se saltó la barrera de lo humano. No sé si fueron cien, doscientas o quinientas personas. Quizás más de mil. No importa el número. Sólo sé que los gritos de 'ea, ea, ea, Puerta se marea' -en referencia a la muerte del jugador del Sevilla Antonio Puerta, que falleció en agosto de 2007 tras sufrir una parada cardiorespiratoria sobre el césped del Sánchez Pizjuán en un partido frente al Getafe- dan ganas de vomitar. No sólo rechazo, sino asco. Porque no se entiende que unos descerebrados, si es que se les puede llegar a definir, sean capaces de reírse de la muerte de una persona. Por muy del rival que sea. ¿A dónde hemos llegado a parar? Si fuera en nuestra contra, ¿nos gustaría? ¿Cómo debió sentirse la familia de Puerta? ¿Y sus compañeros? ¿Y los sevillistas?

La vergüenza de los aficionados rojiblancos hace daño, y mucho, al fútbol. De nada sirven las disculpas de Enrique Cerezo, presidente del equipo de El Manzanares. Que no, señor Cerezo, que no. Que su obligación el domingo era la de echar a esos impresentables del estadio, y no quedarse sentado en su asiento con las manos cruzadas, permitiendo que un gran partido como el que enfrentaba a Atlético y Sevilla tuviera que tener de banda sonora una canción tan indecente y tan triste como ésa. Que sí, que son unos pocos, pero es que ni pocos ni muchos.

¡Ya basta!

miércoles, 22 de junio de 2011

Volverán. De la magia del 'Súper Depor' a las lágrimas por el descenso.

[Estas palabras son el producto de uno de esos momentos en que empiezas a revisar el infinito número de recuerdos que es capaz de guardar nuestra cabeza. Momentos que, por una razón u otra, han significado algo en tu vida. O simplemente, porque son especiales. ¿El protagonista? El Deportivo de la Coruña. ¿El por qué? Porque Galicia es una parte importante de mí y también lo es el fútbol. Y porque a veces, cuando se atraviesan épocas tristes o difíciles, como en el caso del equipo gallego, es bueno volver al pasado y comprobar que los momentos felices existen y que pueden volver. Por todo ello, estas palabras. Mi particular regalo para dos personas a las que quiero. Para ti, Marc. Pero sobre todo para ti, abuelo]

Hay instantes que no se olvidan nunca. Imágenes y sonidos imborrables, de aquellos que el tiempo no puede alterar por muchos años que pasen. Y el fútbol, a veces, en una de esas noches mágicas que quedan grabadas para siempre, también nos ha dejado momentos como esos. Eternos.

Siete de abril de 2004. Para muchos, ese día puede no tener significado alguno; otros, en cambio, jamás se cansarán de recordarlo. Y es que aquel día, Riazor se convirtió en el centro del mundo del fútbol, con Deportivo y Milan como actores protagonistas de uno de los capítulos más recordados de la historia más reciente de la Liga de Campeones. El guión, un partido de vuelta de los cuartos de final de la máxima competición europea, había empezado mal para los gallegos en la ida, disputada en San Siro. En Italia, los de Javier Irureta habían sucumbido ante los de Ancelotti, recibiendo una dolorosa derrota (4-1) que dejó más que heridos a los blanquiazules, que apenas guardaron un rincón para la esperanza. Parecía que los rossoneri llegaban a A Coruña a dar un simple paseo…

Pero “parecía” no significa que fuera así. Y la magia del fútbol volvió a jugar con el destino. Aquel miércoles, los dioses quisieron ponerse del lado de los deportivistas, como si la Torre de Hércules que custodia la ciudad gallega hubiera dejado salir todos sus fantasmas escondidos y estos hubieran decidido deambular por el estadio de Riazor en una noche que se antojaba un mero trámite previo a la triste despedida de la Champions de un Deportivo que había conseguido colarse entre los mejores de Europa. Y ya se sabe que las cosas no siempre salen como uno espera que salgan.

Todo parecía imposible, pero Pandiani, Valerón, Luque y Fran decidieron que aquella noche tuviera un final feliz y acabaron convirtiéndose en los verdugos del Milan de los Pirlo, Kaká y compañía. El todopoderoso conjunto italiano caía eliminado de la Liga de Campeones a manos de un equipo que antes de que el árbitro señalara el inicio de los noventa minutos estaba prácticamente muerto. “Un partido perfecto y una noche gloriosa”, repetía una y otra vez Irureta al término del partido. ¡Cómo olvidar aquel once! Molina, Manuel Pablo, Andrade, Naybet, Romero, Sergio, Mauro Silva, Víctor, Valerón, Luque y Pandiani. Once héroes que pasaron a la historia y que dibujaron los sueños de todos los seguidores blanquiazules.



Recuerdo estar en mi habitación sin poder quitar los ojos de la pantalla de la televisión y con la radio puesta, como si no quisiera perderme aquel momento. Como si aquel día hubiera olvidado mis colores y fuera una seguidora del Deportivo más. Estaba nerviosa como pocas veces lo he estado, y grité como nunca antes. Y salté, y me emocioné, y se me puso la piel de gallina… Y sí, también lloré. Cuando el árbitro del partido, el suizo Urs Meier, decidió que aquel capítulo había acabado, no pude evitarlo. Y lo hice porque en mi cabeza aparecía la cara de alguien a quien quería mucho, y a quien tenía muy lejos –nada más y nada menos que a mil kilómetros- y que seguramente también estaría llorando: mi abuelo.

Aquella noche, Riazor se convirtió en el cielo, y el Deportivo lo rozó. Acababa de conseguir el billete para la semifinal de la Champions, y el Oporto esperaba al equipo que había dejado fuera de combate al mítico Milan en el. Miles de deportivistas se permitieron aquel día el derecho a soñar, y es que ser uno de los protagonistas de la final de Viena habría sido el premio más preciado tras una década firmada con letras de oro.

Pero el Oporto de un por aquel entonces casi desconocido Xose Mourinho se cruzó en camino y acabó con el sueño del Deportivo. Los portugueses acabarían haciéndose con el título tras vencer al Mónaco en la final, pero aquella Champions se tiñó de blanquiazul. Aquí o allá, nadie hablaba de otra cosa que no fuera la victoria del Depor ante el Milan. Y, seguramente, pocas personas pudieron evitar sentirse un poco blanquiazules por aquel entonces. Los herederos del ‘Super Depor’ habían vuelto a escribir una nueva página casi irrepetible en la historia del equipo coruñés.

***
Augusto César Lendoiro sigue siendo el presidente del Deportivo de la Coruña veintitrés años después. Llegó a la presidencia en 1988, y la etiqueta de “equipo ascensor” –derivada de sus constantes ascensos y descensos, de su insistente vaivén entre Primera y Segunda- que perseguía a los gallegos en décadas anteriores acabó perdiendo todo su sentido. Sobre todo cuando en 1992 se instaló en la categoría de oro del fútbol español dispuesto a quedarse mucho tiempo. Y, la verdad, no salió tan mal, porque en esta ocasión, la aventura duró veinte años. Pero para contar el desenlace, ya habrá tiempo.

El caso es que aquel 1992 marcó un antes y un después. Y todo, resumido en dos palabras: “Súper Depor”. O mejor… ¿por qué no recordar a Bebeto, Mauro Silva, Fran, Donato, Nando, Claudio y demás? ¡Qué gran orquestra, y qué gran sinfonía la que crearon bajo la batuta de Arsenio, el inolvidable “Brujo de Arteixo”! Enamoraban a propios y a extraños, y el corazón de aquel equipo se guardaba en una pequeña ciudad a orillas del Atlántico. De hecho, si no fuera porque Djukic falló aquel penalty ante el Valencia en la última jornada…sí, en 1993 la Liga se le escapó de las manos a un Deportivo que empezaba a sentirse cómodo en Primera. Casualidades del destino, el Valencia volvería a cruzar en el camino de los coruñeses años después, aunque aquel final sería mucho más triste. Y es que aunque las lágrimas fueran las mismas, las últimas dejaron una herida mucho más profunda.

Pero no queramos ir deprisa. Las cosas bonitas, las que merecen la pena, hay que saborearlas.

Aquel ‘Súper Depor’ fue la cuna de lo que vendría después. Ahora sería Jabo Irureta quién dirigiría al equipo, que había conseguido colocar su nombre al lado del de los más grandes. Llegaron Rivaldo, Djalminha, Luizao. Y Valerón, y Makaay, y Tristán. Y esta vez, el fútbol que había enamorado en España traspasó fronteras y cambió de escenario. Un mayor escaparate, más ambicioso. Mejor.

Europa. Pero antes de llegar a las noches mágicas europeas, los gallegos ganaron su única Liga (2000) y su segunda Copa del Rey –la primera se logró en la temporada 1994/1995-, recordada con el nombre de “El Centenariazo”, ya que el Depor arrebató el título al Real Madrid en la temporada en la que los blancos cantaban su ‘cumpleaños feliz’ número cien. Y los de Irureta se encargaron de que lo de feliz se quedara como una simple palabra de una canción. Porque aquella noche en el Bernabéu la única melodía que sonó fue “La Rianxeira”, silenciando a todos los madridistas que soñaban con su gran fiesta.

En Europa, y cuando el siglo XXI daba sus primeros pasos, Manchester United, Arsenal, Juventud, PSV Eindhoven, PSG o Bayern de Munich sufrieron en su propia piel el poder del fútbol que desplegaba entonces el Deportivo. Hasta que llegó LA noche en mayúsculas, en la que Riazor fue testigo de la caída de un Campeón de Europa como el Milan a manos de un equipo que soñó con ver el mundo desde lo alto. Y aunque no pudo ser, aquello siempre quedará.

Aquella misma temporada, la dolorosa derrota ante el Mónaco (8-3) había hecho encender todas las alarmas, pero lo sucedido ante el Milan borró cualquier rastro de preocupación. Sin embargo, en septiembre de 2004 los deportivistas volverían a caer en el Louis II ante los franceses, y aquel partido sí supuso el principio del fin. No fue una caída al abismo rápida e inmediata, pero el castillo que durante años se había ido construyendo, empezó a desplomarse. Poco a poco, como si quisiera ir avisando de que el peligro estaba cerca. La marcha de las estrellas del equipo y el adiós de dos ‘monstruos’ como Mauro Silva o Fran no eran más que la crónica de una muerte que tiempo después podría ser definida como anunciada. Y sin embargo, hasta este año, el Deportivo, más sombra que nunca del ‘Súper Depor’ y del ‘Euro Depor’ que habían conquistado el fútbol, sobrevivió. A trompicones y viéndose obligado a esquivar muchos obstáculos que le pusieron entre las cuerdas en más de una ocasión. Su juego se tornó triste y apático. Lento. Como si alguien hubiera trazado todo ello en blanco y negro. Como si la melodía que antes había acompañado al equipo en sus años más brillantes se hubiera convertido en un réquiem.

***

Las lágrimas de Juan Carlos Valerón en Riazor en la última jornada de la temporada que acaba de cerrarse lo dicen todo. Veinte años después, el Deportivo escribía su adiós a Primera al ser incapaz de ganar a un Valencia que una vez más se convirtió en su verdugo. Pero, de nuevo, fue el equipo blanquiazul el que se equivocó. Dejó de luchar antes de tiempo, y esa fue su mayor condena. Nada pudo hacer ya cuando se dio cuenta de que la soga de Segunda le rodeaba el cuello sin que esta pudiera aflojarse. La tristeza volvió a inundar las calles de A Coruña, y el corazón de miles de deportivistas se encogió.




Y así fue cómo el Deportivo más grande cayó, despidiéndose de su etapa más bonita. La más brillante. La más recordada. La que nadie puede cambiar ya. Pero se despidió con la promesa de que volverían.

Porque aunque el pasado es irrepetible, siempre hay un lugar para la esperanza.

miércoles, 25 de mayo de 2011

"Del dandi nórdico al pequeño más grande".

A falta de cuatro días para la final de Wembley, alguien, un buen amigo, me dejó un 'regalo' en el diario en el que ambos trabajamos. Le llamo regalo porque siempre me gustó mucho Michael Laudrup, y porque ver a Leo Messi en acción es indescriptible. Y, por ello, quiero dejarlo plasmado aquí.

[Autor: Dídac Peyret. SPORT. Martes, 24 de mayo de 2011]

Laudrup personalizó la elegancia del ‘Dream Team’ de Cruyff y Messi es el mejor portavoz en elcampo del Pep Team. Un jugador de leyenda.

Un genio es imposible de describir. Es puro instinto. Así son los futbolistas que nacen tocados por una varita. El talento puro no se enseña. Tiene algo de irracional. Por eso los seguidores los eran como si de un dios de tratara. Del ‘Dream Team’ al Barcelona actual han pasado por el Camp Nou buenos futbolistas, grandes jugadores y genios irrepetibles. Michael Laudrup y Leo Messi forman parte de este último grupo. El danés fue una pieza clave del ‘Dream Team’. Nadie envolvía mejor los pases. Era un visionario único. Sólo él era capaz de ver un hueco invisible, una opción de pase, un proyecto de gol, entre un montón de piernas.
El Camp Nou no tardó en considerarlo uno de los suyos. En las primeras gradas era habitual ver una pancar ta que rezaba “Enjoy Laudrup”. En el vestuario del también encajó de buenas a primeras. Siempre fue buen considerado por el sector vasco. Se acercó a Koeman y Guardiola. Hizo buenas migas con Nadal. Los tres jugaban a menudo al parchís.



Laudrup fue una pieza clave como
falso nueve; Messi ha cogido su
relevo y ha llevado al Barça a otro nivel.



Laudrup era un tipo tímido. De carácter nórdico. Pero los que lo conocieron de cerca aseguran que cuando ganaba confianza se soltaba. A ‘Michelino’ le divertía el fútbol pero lo vivía de forma liviana. Sin obsesiones. Era habitual oírle decir que colgaría las botas más pronto que tarde. Disfrutó del ‘Dream Team’ y sufrió a Cruyff. También aprendió mucho del holandés.

Johan le hizo un hueco como falso nueve. En el mejor ‘Dream Team’, Laudrup era uno de los gestores del fútbol total. Por sus botas se filtraban la mayoría de jugadas del Barcelona. Pocos tenían tanta sensibilidad en los pies. Anunciaba un pase a la izquierda y entregaba una asistencia a la derecha. También era desborde. La croqueta era sinónimo de espectáculo. Jugada ‘Made in Laudrup’. Pero Cruyff siempre quería más. A menudo se acordaba del danés en la rueda de prensa. “Defiende poco, debe marcar más goles, se esconde”, se escuchaba a menudo.
En Wembley salió en el once y se acordó de su pasado en Italia. En la Juve, donde nunca disfrutó del fútbol. Frente a un equipo que incomodó muchos minutos al Dream Team. Luego llegaría el gol de su gran amigo Koeman. Johan siempre tuvo a Laudrup por un escogido, así que siempre le exigió más que a los otros. Lo tensó para sacar lo mejor de él, hasta que el danés dijo basta. “No lo aguanto más”, dijo. Laudrup avisó y luego se fue al Madrid abriendo muchas heridas en el barcelonismo. 17 años más tarde, el danés sonríe cuando ve al Barcelona actual. “Lo que hizo el Dream Team fue cambiar radicalmente la historia de este club y por eso es un equipo tan especial, pero este Barcelona es mejor y tiene a Leo”. Lo sabe bien el danés: Messi es otra cosa. Tiene algo antinatural. Desde hace tiempo juega en otra liga. En la de los Maradona, Cruyff, Pelé y compañía. ‘La Pulga’ se encarga de recordarlo a menudo con jugadas irrepetibles de la historia del fútbol, empezando por el gol maradoniano en Getafe.
Desde su presentación en sociedad en el Gamper, ha ido subiendo peldaños. No se recuerdan cifras goleadoras como las suyas. Con solo 23 años ya sabe lo que es ganar dos veces la Liga de Campeones, saborear cinco veces el título liguero y recoger el Balón de Oro en dos ocasiones. Es el coleccionista de récords.

Pep ha logrado sacar su mejor versión. Como falso nueve. Sin ataduras. Leo es el inicio y final de las jugadas. Es el mejor mediocampista. Un delantero letal. Y el mundo futbolístico asiste asombrado al espectáculo. Para Wenger “lo que hace en el campo es arte”. Guardiola asegura que “alguna vez contaré a mis nietos que entrené a Messi”. Xavi cree que “un jugador así sale cada 25 años”. Del Bosque destaca que sigue jugando como un potrero en las calles de Argentina. “Cuando Messi dice: dame la pelota que yo resuelvo esto, es imparable. Es como si jugase en la calle driblando a todos”. Incluso Maradona ya sabe que Messi está en disposición de coger su relevo. En Wembley vivirá de nuevo una reválida. Un partido grande. De esos que tanto le gustan. “Mis palabras me las guardo para el día 29”, dijo hace unos días y el Camp Nou gritó amén.



viernes, 1 de abril de 2011

El riesgo que supone perder la cabeza

Los cimientos en Can Barça empiezan a temblar, y el riesgo de que todo comience a resquebrajarse poco a poco aumenta por momentos. Demasiado bonita pintaba la historia como para durar tanto. Y es que esta semana el Barça ha dejado de ser noticia por su fútbol para meterse en terrenos de los que es más difícil escapar y que, tarde o temprano, acaban por pasar factura.

De abrir la caja de los truenos se encargó un Sandro Rosell que para decir lo que dijo ya podría haber mantenido su particular ley del silencio. O eso, o que alguien le enseñara que, como máximo representante de una institución del calibre del F.C.Barcelona, no puede llegar y soltar tal barbaridad. Porque, señor Rosell, decir que el Barça le va a endosar un 5-0 en la final de la Copa del Rey a los que, junto con los suyos, forman uno de los mejores equipos del mundo, es una imprudencia y una temeridad que puede traer consecuencias de las que después uno se puede arrepentir. O, mejor dicho, Rosell debería aprender, además de los errores propios, de los de los demás. ¿O es que no recordamos qué le pasó al Real Madrid el día que un tal Vicente Boluda puso la palabra 'chorreo' en la primera línea de fuego del mundo del fútbol? ¿Alguien me puede decir que pasará si el día de la final de Mestalla el Barça tiene que salir por la puerta de atrás y mirando de reojo cómo otros recogen la Copa? Tocará volver a Barcelona escondido y con la cabeza gacha, algo más bien propio de los cobardes que de un equipo como el azulgrana.

Rosell también debería aprender que llevar sobre la espalda la etiqueta de 'grande' también conlleva ser humilde y tolerante. Quién acaricia y abraza las victorias y, sin embargo, no es capaz de mantener los pies sobre la tierra y no sobre la luna, acaba perdiendo. Porque siempre nos han dicho que hay que saber perder, pero también ganar. Y aunque en los últimos años en el Barça todo han sido primaveras y en el Madrid inviernos, no podemos perder la cabeza. Ni los que actuamos como meros y privilegiados espectadores, ni los que tienen voz y voto ahí dentro. Nadie. Y ese nadie incluye al presidente del Barça. ¡Claro que nos gusta ganar al Madrid! ¡Claro que, los que somos culés, disfrutamos con el 2-6 o el 5-0! Pero de ahí a perder los papeles y despreciar así a un rival que no necesita demasiados argumentos para explicar qué lugar ocupa en el fútbol español y mundial, no. No podemos pasar por ello.

Porque si alguien piensa, a falta de 19 días, que se va a volver a repetir la manita ante los de Mourinho... o estamos locos o somos gilipollas, hablando en plata. Después pasará una cosa u otra. Es lo que tiene el fútbol, que a veces se disfraza con las casualidades y las sorpresas más inesperadas. Pero palabras como ésas, no. Señor Rosell, no, no y no. Porque a muchos les pasará como a mí, que aún seguimos pensando cómo alguien ha podido decir algo así. No negaré que me sentí avergonzada, porque yo, las victorias, las quiero tanto dentro como fuera del terreno de juego. Y creo que el presidente del Barça, con sus palabras, ha caído muy bajo. Y lo que es peor aún: ha hecho que la entidad que preside se vea teñida de una polémica que no era necesaria y que no hace ningún bien. Sólo espero que el 20 de abril no se acaben pagando las consecuencias. Apliquémonos, por favor, un poco más lo de "con la boca cerrada no entran moscas".

Y si fuera este sólo el único capítulo que ha salpicado la actualidad del Barça esta semana... pero no. Lo dicho. Estos días el fútbol parece haber quedado en un segundo -injusto, desmerecido y equivocadamente relegado- plano en el conjunto azulgrana. Cuando los focos de atención deberían centrarse en el importante, trascendente y complicadísimo partido ante el Villarreal -los fallos acaban pagándose y tropezar ahora saldría demasiado caro- a la salida de tono de Rosell hay que añadirle la polémica entrevista de Josep Guardiola a la RAI italiana. "Estoy bien aquí, pero mi tiempo en el Barça se está acabando" fueron sus palabras y... ¡tachán! Se armó la gorda. No quiero entrar demasiado en este tema porque desconozco los entresijos de la historia, y no sé qué es verdad y qué es mentira, pero si la entrevista y las palabras son reales, mal por Guardiola y mal por el periodista y el medio de comunicación italianos.

Mal por Guardiola porque si uno dice 'no' a las entrevistas, es un 'no' válido para todos. En esto no se pueden hacer excepciones ni tratos de favor. Si el técnico azulgrana se guarda su derecho a no hablar ante los medios de comunicación, debe ser algo coherente con su posición y no romperla a las primeras de cambio. Porque, como entrenador del Barça, lo que piensa o cree, de la misma manera que todo lo bueno se le es reconocido merecidamente, es de interés general para todos. Para los de su equipo (incluyendo a todas las personas que tienen alguna relación, incluyendo, por supuesto, a los aficionados) y para los demás. Y mal por el periodista y la RAI porque, si finalmente se confirma que el medio ha traicionado a Guardiola, que confiaba en que sus palabras no salieran a la luz, la dignidad de una profesión como el periodismo, que ya está bastante enferma en los últimos tiempos como para agravar más aún su situación, acabará rozando niveles ínfimos (aunque, tristemente, ya estamos acostumbrados a que sucedan cosas así en los medios). Y es que, a veces, nos olvidamos de que los que nos hacemos llamar periodistas deberíamos luchar por devolver al periodismo muchos de los valores que han acabado perdiéndose por el camino. Reflexiones personales a parte, sólo hay errores, errores y errores por todas partes.


En definitiva, Rosell y Guardiola, queriendo o sin querer, han sido los protagonistas de esta semana. Y su interpretación en la función de la última semana de marzo no ha sido, precisamente, acertada. Es más, todas estas historias, que no hacen ningún bien al Barça, a su estatus y a su imagen, han eclipsado a lo verdaderamente importante: el fútbol. Alguien debería darse cuenta en Can Barça que hay un difícil partido ante el Villarreal mañana en El Madrigal, que el miércoles los azulgrana se juegan gran parte de su andadura en la Champions y que, en cuestión de días, hay dos fechas marcadas en rojo en el calendario de todos en las que el Madrid buscará resarcirse y vengar lo sucedido en el Camp Nou aquel 29 de noviembre. Y el mayor error que se podría cometer ahora es olvidar todo eso y seguir protagonizando capítulos como los de esta semana.

El riesgo que supone perder la cabeza en estos momentos es demasiado alto, y no creo que sea la mejor opción para un Barça que, consiguiendo lo que ha conseguido en los últimos años, también opta a todo esta temporada. Pero si empezamos con historias como estas, los objetivos pueden irse desvaneciendo por el camino. Basta una chispa para que todo arda en llamas. Y si no, echemos la vista atrás y comprobaremos que, en más de una ocasión, las realidades cambian a las primeras de cambio, siendo más vulnerables de lo que se podría pensar. Por eso hay que tener cuidado con cosas las sucedidas esta semana. No vaya a ser que después tengamos que arrepentirnos.

Ya se sabe que, a veces, los errores acaban sumiendo a uno en una espiral de la que no siempre es tan fácil huir. Y el Barça, si no quiere verse enfrascado en algo así, debe dejarse de tonterías, demostrar que la etiqueta de 'grande' no le queda pequeña y hacer lo que tiene que hacer, que es jugar al fútbol.

Si empezamos con tonterías, mal vamos.